EL OMBU, HIERBA PAMPEANA Y SOLAZ DEL GAUCHO

EL OMBU, HIERBA PAMPEANA Y SOLAZ DEL GAUCHO

Datos sueltos, y algunas pocas menciones, son las que he podido recabar acerca de esta hierba emblemática del paisaje rural de la región pampeana. Ha sido retratada, casi siempre, como fiel techumbre natural del gaucho payadoril, o, algunas veces, como escenario cómplice del viejo idilio criollo. Como quiera que sea, el ombú resulta inherente a la más rancia cosmovisión de la patria vieja, y sobre él iré esbozando algunas líneas.

Tan pertinente resulta su intromisión en el mundo gaucho, que diversos autores de lo nuestro incluyen su léxico en diccionarios, refraneros y compendios criollos. Coluccio, en su meritorio Diccionario Folklórico Argentino (Librería “El Ateneo” Editorial, 1950), señala que el ombú es una hierba gigante “que crece en Misiones, Corrientes, Entre Ríos, Buenos Aires, Formosa, Chaco, Santa Fe y Tucumán”. Su dispersión la hallaríamos con epicentro en la zona de la laguna del Iberá, Corrientes, y podrían verse ejemplares de ombú en algunas zonas sureñas del Brasil.

Sin embargo, el ombú tiene para nosotros, los americanos, su procedencia en la región de Andalucía, España, donde se le conoce con el nombre de Bella Sombra. Tito Saubidet, por curioso que sea, le da la caracterización de “árbol”.

El gaucho Santos Vega, en forma de huracán, se le aparece a su “prenda” (moza) que descansa bajo un ombú, en la genial obra poética de don Rafael Obligado.

Sin embargo, esta hierba va a tener su enseñoreo en la Provincia de Buenos Aires, donde alcanzó ribetes de leyenda. Su frondosa vegetación ha servido para guarecer a nuestro arquetipo por la frescura de sus hojas, y porque, en la inmensidad de la pampa, “es la única esperanza de alivio y la única ayuda”.

Va de suyo, entonces, que el ombú, como elemento constitutivo del paisaje gauchesco, reviste trascendental importancia, al mismo nivel que el rancho, el perro, el caballo y la guitarra. El verso 281 y subsiguientes del poema “Caso de los Cuatro Juanes”, corroboran lo antedicho: “El ombú me da su abrigo,/ el rancho es mi hogar sencillo/ y ha quedado en mi guitarra/ revoloteando un Cielito”. En idéntica tesitura lo describe don Atilio Supparo, agregándole una condición fidelísima en la guarda de secretos y promesas de todo cuanto haya oído salir de una conversación entre paisanos o de una pareja de enamorados.

Por otro lado, hay quienes auguran que el jugo del ombú sirve para “curar la sarna de las ovejas”. Nunca fue descripto el ejemplar como hogar de pájaro alguno ni que diera frutos.

Poetas que le han dedicado algunos párrafos y versos, uno ha sido Esteban Echeverría en La Cautiva, y otro fue don Hilario Ascasubi en su Santos Vega, cuando dice:

Coronaba aquella loma

referida en lo anterior,

un ombú, del cual decían

hombres más viejos que yo,

que más de cien primaveras

florido reverdeció. 

Esta referencia poética no yerra en la apreciación, si entendemos que el ombú, por más añejo que sea, parecería ser imbatible y tener una edad varias veces secular. No existen vientos que puedan voltear un ombú, “Ni el pampero ha podido con él, ni las grandes sequías”. Marcos Sastre ha dicho en 1842, al contemplar la fortaleza de esta hierba, que nunca “nadie ha visto hasta ahora un ombú seco de vejez”, por lo que debemos darle mérito a la afirmación. El mismo escritor, ha sentenciado que

“por las enormes dimensiones de ellos, son treinta varas de circunferencia en su monstruosa base y quince en su tronco, [por lo que] puede juzgarse que tiene miles de años de existencia.”[1] 

El ombú ha sido cobijo y amparo del gaucho recitador.

Y grande es la alegría del gaucho Martín Fierro cuando, tras varios periplos en fortines de fronteras, vuelve a sus pagos, escapado de toda ley, y se regocija pensando en que allí abundan los ombúes, la civilización, por eso su feliz exclamación:

Después de mucho sufrir

tan peligrosa inquietú,

alcanzamos con salú

a divisar una sierra,

y al fin pisamos la tierra

en donde crece el ombú.[2] 

Don Rafael Obligado en su conocido poema Santos Vega, fija las escenas más simbólicas de la memorable payada entre el payador y Juan Sin Ropa (Juan Gualberto Godoy) bajo un ombú, lo mismo cuando se encuentra el primero, bajo la forma de un huracán, con su amada:

“Yo soy la música vaga

que en los confines se escucha,

esa armonía que lucha

con el silencio, y se apaga;

el aire tibio que halaga

con su incesante volar,

que del ombú vacilar

hace la copa bizarra;

¡y la doliente guitarra

que suele hacerte llorar!…”[3] 

Varias leyendas rodean su misteriosa existencia, surgidas al calor del folklore tanto indiano como hispano criollo. Los indios Colastiné, que habitaron la actual provincia de Santa Fe allá por el siglo XVII, creían en la inmortalidad de su existencia, por eso mismo tenían por costumbre plantar “un ombú junto a los sepulcros de sus mayores, para que los acompañaran en la otra vida eterna”.

<<Casa con ombú acaba en tapera>>, suele colarse por entre los dichos camperos la, en este caso, mala fama del ombú, como en ese otro saber que señala que cuando las raíces de un ombú llegaban o rozaban los cimientos de una casa, ésta ya estaba condenada a su ruina o derrumbamiento.

LA ETIMOLOGIA Y LA SOMBRA VIVIFICANTE

Ombú sería, etimológicamente hablando, un derivado de Umbí, nombre de la esposa de un jefe tribal indígena que guerreaba constantemente, y que, al decir del investigador Carlos Villafuerte,

“ahora, al parecer, por los augurios de una buena cosecha en la que ella [Umbí] puso su saber, la tribu dejará de padecer hambres y se acostumbrará a trabajar la tierra.”[4]  

Sin embargo, continúa la leyenda, otro cacique de otra tribu le plantea lucha al esposo de Umbí, quien no se queda atrás y lanza a sus guerreros a una nueva aventura bélica. Antes, le pide a Umbí que cuide el campo cultivado que tanto trabajo y empeño les había llevado cuidar y proteger. Y así, mientras los hombres guerrean, un sol abrasador parece destruir la tierra laborada, triste espectáculo en que “Una a una las plantas se rinden ante la falta de agua” y las hojas se restriegan “como seda rota”.

Esta hermosa leyenda concluye cuando Umbí observa que, pese a la furia candente del sol destructivo, todavía sobreviven algunas plantas. Entonces, sacando fuerzas de donde ya no había, Umbí “trata de darles sombra con su cuerpo y las humedece con sus lágrimas… Resiste el calor, resiste la sed, pero su agotamiento es visible”. El sol, apiadándose de la esposa del jefe indio, frena su embestida al corroborar la “leal firmeza” de la mujer, transformándola “en un árbol de enorme copa que consigue salvar con su sombra una planta de maíz, la que ha de dar los granos necesarios para la próxima cosecha”.[5] De aquí, de esta explicación que entronca con lo más arraigado de nuestro tradicionalismo y sus leyendas, derivaría aquella condición de frescura que emana su sombra.

EL OMBU EN LA HISTORIA

Esta especie herbácea es largamente mencionada en episodios de la historia nacional, sea porque bajo su frondosidad parlamentaron próceres y patriotas o, cual testigo mudo de la lucha enconada, vio el filo de tacuaras y la amenaza de los fusiles en tiempos de la Independencia o la guerra civil.

Aunque varios de los ombúes que pasaré revista ya no existen, quedaron, sin embargo, inmortalizados por la crónica y para los tiempos su recuerdo. El extinto Pedro Olgo Ochoa ha suscrito un listado bien documentado de aquellos ombúes cuya presencia no pasó inadvertida.

Famosa ha sido la llamada calle o camino de los ombúes que existió, por lo menos hasta 1920, en las adyacencias de la Comandancia o Cuartel de los Santos Lugares de Rosas, en la actual localidad de Santos Lugares, Partido de San Martín, en la Provincia de Buenos Aires. La desaparición de dichos ejemplares ocurrió al lotearse buena parte de esos terrenos para levantar viviendas.

“Ombú de Cullen”, en Arroyo del Medio, en el límite de las provincias de Buenos Aires y Santa Fe. El ex firmante del Pacto Federal de 1831, Domingo Cullen, fue fusilado al pie de este ombú por su complicidad con el bloqueo francés de 1838. Imagen gentileza Mariana Marziali.

La descarga de la fusilería federal que terminó con la vida de Domingo Cullen, la madrugada del 22 de junio de 1839, se concretó al pie del ombú que yacía en la posta de Vergara, a la vera del antiguo Camino Real (cuyo tramo, en Buenos Aires, es la hoy avenida Rivadavia). Este ejemplar bicentenario, el cual es denominado como El ombú de Cullen, aún sigue en pie, está protegido por una reja y es recordado el acontecimiento merced a un monumento en cuya cúspide se ubica una cruz. El ombú fue declarado Lugar Histórico de Interés Local en el año 1993.

Indignación ha causado la reciente desaparición de un ombú cuya edad alcanzaba los 500 años. Quedaba en la calle Gaspar Campos al 200, en la localidad de Vicente López, Provincia de Buenos Aires, y su protección se debía a una excelente propuesta de tinte progresista que había impartido el virrey Juan José de Vértiz y Salcedo. La autoridad virreinal era amante de la jardinería y el cuidado de las plantas, por eso en 1802 dictó diversas providencias tendientes a cuidar los montes de Corrientes y la entonces Provincia del Paraguay.

La circunferencia de este ombú era de 12 metros y medía, aproximadamente, unos 20 metros de alto. En enero de 2018, las autoridades municipales adujeron que el ombú estaba afectado por un hongo denominado fusarium, que le provocaba ablandamiento de ramas con su consecuente caída. Y que, ante el panorama descripto, ya que el hongo avanza con rapidez, el ombú no iba a poder recuperarse nunca más, por lo que fue removido del lugar ante la indignación de viejos vecinos que recordaban su historia y la particularidad de su coposa estampa.

Imagen del “Ombú de Vértiz”, llamado así porque el virrey fue, en los albores del siglo XIX, un entusiasta protector de las especies arbóreas del Plata. Por impericia, dejó de existir en enero de 2018.

Para no extendernos en demasía sobre este subtema tendiente a relacionar al criollo ombú con la historia argentina, desarrollaremos, brevemente, lo concerniente al Ombú de la Esperanza. El mismo se sitúa, aunque dañado por incapacidad del hombre moderno, en el parque Aguirre del Partido de San Isidro, en tierras que habían pertenecido al Director Supremo, general Martín de Pueyrredón.

El nombre se lo colocaron los generales José de San Martín, Martín de Pueyrredón y Tomás Guido, pues bajo la generosidad de su sombra, los tres “se juramentaron para consumar la independencia”. Ochoa añade, por su parte, que “Bajo su protector follaje, Guido leía, San Martín dibujaba y Pueyrredón exhibía su excelente puntería haciendo blanco con su pistola”.

El sujeto sin historia moderno lo ha dañado severamente a este ombú en 2007, cuando operarios de Trenes de Buenos Aires (TBA), por desmalezar la vegetación adyacente a la estación de trenes de San Isidro, aplicó un herbicida que intoxicó el ejemplar de modo tal, que hubo que podarle las ramas casi hasta la base misma.

Lógicamente, que hay muchos otros ombúes más por recordar, como aquél debajo del cual Rosas redactó su renuncia, luego de Caseros (1852), en la plaza Garay (ayer, Hueco de los Sauces) del barrio porteño de Parque Patricios. Mas esta nota hasta aquí se extiende. Punto entonces.

 

Por Gabriel O. Turone 

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Bibliografía: 

*) “Atlas de la cultura tradicional argentina”, Dirección de Publicaciones de la Secretaría Parlamentaria del Honorable Senado de la Nación, Buenos Aires, Argentina, Agosto de 1988.

*) Coluccio, Félix. “Diccionario Folklórico Argentino”, Librería “El Ateneo” Editorial, 1950.

*) De Aróstegui, Fernando J. “Polémica en Vicente López por la desaparición de un ombú de 500 años”, Diario La Nación, Sociedad, 25 de enero de 2018.

*) Nelson, Ernesto. “Los tesoros del “Martín Fierro””, Librería del Colegio, Buenos Aires, 1946.

*) Obligado, Rafael. “Santos Vega y Poesías Completas”, Editorial Vallardi Americana, Buenos Aires, 1953.

*) Saubidet, Tito. “Vocabulario y refranero criollo”, Letemendia Casa Editora, 2002.

*) Vidal, Manuel R. “Pialadas”, Ediciones Siglo Veinte, Buenos Aires, Octubre de 1967.

*) Villafuerte, Carlos. “Diccionario de árboles, arbustos y yuyos en el folklore argentino”, Editorial Plus Ultra, 1984.

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Referencias:

[1] Esto lo dejó escrito Marcos Sastre en su obra El Tempe Argentino, trabajo que aborda lo referido a la botánica desde un punto de vista más bien lírico que científico.

[2] La vuelta de Martín Fierro (Canto X, José Hernández, 1879).

[3] Santos Vega (“La prenda del payador”, Canto II, Rafael Obligado, 1874).

[4] “Diccionario de árboles, arbustos y yuyos en el folklore argentino”, de Carlos Villafuerte, Editorial Plus Ultra, 1984, página 115.

[5] Op. cit., página 116.

Prensa JR
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