EL FORTIN, por Jorge F. Montiel Belmonte (1953)

EL FORTIN, por Jorge F. Montiel Belmonte (1953)

La nota transcripta a continuación salió publicada en el periódico “Alianza”, órgano oficial de la Alianza Libertadora Nacionalista (ALN), siendo su autor el Sr. Jorge F. Montiel Belmonte, responsable del Fortín Darwin Passaponti de dicha organización política, y, a partir de 1953, Secretario de Asuntos Históricos del Comando Nacional de la ALN. La fecha en que fue escrita esta pieza inédita no ha podido ser ubicada por el que suscribe, dado que, en los archivos que la viuda de Montiel Belmonte me ha facilitado, lo único que hallé fue la hoja suelta o arrancada que contenía la nota en cuestión. Pero como se leía en la parte superior de la nota “Colaboran los camaradas del Frigorífico Nacional JUAN PERON”, yo supe, con el correr del tiempo, que Montiel Belmonte se había empleado en el Frigorífico entre 1946 y 1955, año, el último, cuando fue dejado cesante por su militancia y por haber estado del lado de los que ‘perdieron’ cuando el golpe de Estado de septiembre de 1955. Por lo tanto, la nota está inserta en aquel período de años. Dicho esto, va esta nota pintoresca y tradicionalista en la cual, Jorge Montiel Belmonte, rinde justo homenaje a los viejos fortines de frontera, cobijo de nuestros gauchos en la inmensidad de la campaña. Transcripción, Gabriel O. Turone:   

 

EL FORTIN 

Era en los tiempos de la Patria joven, cuando la recientemente conquistada libertad era aún una muy dura realidad de lucha, de trabajo, de incertidumbre y sacrificio; cuando los hombres y las cosas, las tierras y el cielo, las noches y los días, llevaban todavía el sello primitivo de su virginidad. Entonces la civilización hallaba límite a solo un par de días de camino en trepidantes diligencias desde Bs. As. Y a partir de donde las vidas y haciendas quedaban libradas a la ancha mano del buen Dios o a las agudas lanzas del salvaje.

Era en los tiempos en que nacía a la vida independiente un Pueblo que había asomado a la libertad y a la gloria, cabalgando audazmente en el filo de un sable granadero; cuando la vida era lucha, y esa lucha el principio de la existencia en todas las incipientes congregaciones humanas a lo largo de las fronteras.

Y allí, haciendo fondo a ese marco de salvaje quietud, entre el peligro de una permanente acechanza, allí estaba plantado: chato y primitivo, con el mangrullo de ramas sobresaliendo de las terrosas construcciones, como lanza clavada en el ancho lomo de una bestia, EL FORTIN. 

Él también, como cada habitante de la dilatada llanura bonaerense, vivía con el arma apercibida y el ojo vigilante, porque desde cada rincón, de cada loma, desde cualquier cañada donde las aguas quietas se consagraban únicamente a copiar las metamorfosis del cielo, podía surgir la ululante atropellada de la indiada astuta y brutal.

Y así el indio lograba sorprender a las escasas tropas que guarecían las posiciones de la endeble línea de fortines, ¡ay de aquellas poblaciones que se amontonaban en redor de aquellos, a la sombra de su protección!

Pero allí, en esos cercados de espinudas defensas, con el rostro y la ropa del color de esta tierra nuestra cuya posesión ganaba día a día el trabajo silencioso de esos héroes que nadie recuerda, la brava legión de los guardias nacionales afirmaban con su esfuerzo y con su sangre, la decidida vocación soberana de nuestros mayores.

Así los viejos fortines, pese a sus zanjas y fosos casi siempre secos, a sus rudimentarias armas de chispas o avancarga, y a los remendados aperos de sus soldados pobres y dejados de la mano de los gobiernos del unitarismo, llenaba siempre con exceso la grave medida de su responsabilidad.

Y ante la carga empavorecedora de la indiada, bajo el galope de cuya potrada se estremecían los campos en estridencias y temblores, las viejas guardias de fronteras plantaban las líneas de acero de sus caballerías gauchas, ante cuyo empuje se estrellaban malones y se desbarataban correrías.

Después, cuando la polvareda de los entreveros a lanza, cuchillo y sable se disipaba lentamente y las voces de mando y de lucha se iban diluyendo en el amplio silencio de la pampa; cuando de la viril orgía de sangre, de valor y de muerte solamente quedaban los rumores sordos y lejanos de la horda infiel en retirada, sobre la tierra defendida hasta el sacrificio, caídos en las mil posturas inverosímiles de la muerte, los hombres de las viejas guardias de fronteras rendían el tributo de sangre de sus vidas a la esperanza de una Argentina más rica, más grande, más feliz.

Y quedaban allí, tirados en la espera silente de una fosa. Algunos todavía sujetos al caballo por un estribo que fue trampa de muerte, con el cabello al viento y las manos crispadas por una agonía donde la vida se iba por el cauce sangriento de un lanzazo.

Quedaban esos hombres como si con su silenciosa presencia en el campo sembrado de chuzas, sables, hombres y cabalgaduras, quisieran testimoniar la oferta generosa de su heroísmo, en defensa de un principio de civilización de Patria y de progreso…

Y así se hizo la Patria.

Hoy nada queda de aquellas chatas construcciones de adobe y de las empalizadas de caldén y espinillo que circundaban, al reparo de las zanjas, la “seguridad” de los fortines. Las ciudades han crecido en torno y encima de sus ruinas, y sus casas y sus calles, sus parques y avenidas, han borrado el recuerdo y la presencia de los rancheríos que se alzaban en sus aledaños.

Polvo de los tiempos, las cenizas de sus fogones se confunden quizás con la de tantos de aquellos héroes ignorados, que en el borde mismo de la civilización, cruzando rastrilladas y parando malones, murieron con sacrificio silencioso y obscuro, aunque con la conciencia cierta de que cada episodio de sus vidas eran un jalón honroso en el que habría de basarse en el mañana, el ansia de justicia y grandeza de los integrantes de este pueblo sano, libre y justo que conforma la Nueva Argentina.

Ojalá que algún día podamos mostrar a nuestros hijos –y con esto lanzamos la idea- dominando la rotonda de una gran plaza de este Buenos Aires de nuestros amores, el monumento que perpetúe el agradecido recuerdo de estos hombres fuertes del pasado.

Entonces, mirando el conjunto de un caballo criollo de corta alzada, montado por un paisano de humildes pilchas y toscas armas, podremos mostrar a los ojos asombrados de nuestros niños, que el heroísmo y el esfuerzo de nuestras milicias gauchas de la frontera con el indio, fueron tan grandes y hermosos como grandes y hermosos fueron su lealtad a la Patria y su pobreza de soldados.

 

Por Jorge F. Montiel Belmonte

Prensa JR
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