EL NACIONALISMO ARGENTINO Y LA NEUTRALIDAD ANTE LA 2º GUERRA MUNDIAL

EL NACIONALISMO ARGENTINO Y LA NEUTRALIDAD ANTE LA 2º GUERRA MUNDIAL

La postura neutralista que tuvo Argentina durante la Primera Guerra Mundial (1914-1919) fue pensada para blandirse, una vez más, en la siguiente conflagración mundial que empezó en septiembre de 1939 y finalizó en septiembre de 1945. Al término del primer conflicto gobernaba nuestro país la Unión Cívica Radical (UCR), y fue gracias al canciller Honorio Pueyrredón que se mantuvo la neutralidad sin tener que ceder a las pretensiones de las naciones triunfadoras (Estados Unidos, Francia e Inglaterra, básicamente).

En cambio, la Segunda Guerra Mundial se inició cuando los destinos nacionales estaban bajo el sospechoso manto de la Concordancia, espacio en el que confluyeron varios partidos políticos viciados, no obstante, de ideología conservadora y políticas económicas liberales que pasó a la historia, en razón de sus terribles prácticas y consecuencias, como protagonista de la “Década Infame”.

Hacia 1939 el presidente era Roberto Marcelino Ortiz (UCR Antipersonalista), quien estuvo en el cargo hasta el 27 de junio de 1942, cuando le sucedió Ramón Castillo, hombre del Partido Demócrata Nacional; permaneció en la Casa de Gobierno hasta la Revolución o Golpe de Estado del 4 de junio de 1943, cuando asumió, en nombre del Grupo de Obra de Unificación (GOU), el general de División Pedro Pablo Ramírez. Lo demás, es historia: desde marzo de 1944 hasta junio de 1946, el general de División Edelmiro Farrell toma las riendas hasta las elecciones que dieron ganador al coronel Juan D. Perón.

Es decir, que hasta la primera mitad de la Segunda Guerra los gobiernos locales estuvieron en manos de civiles, mientras la otra mitad estuvo exclusivamente dominada por militares.

Entre las décadas de 1910 y 1940 comenzaron a surgir numerosas agrupaciones nacionalistas, siendo éstas la Liga Patriótica Argentina (LPA), la Legión Cívica (LC), la Liga Republicana (LR), la Alianza de la Juventud Nacionalista (AJN, devenida a partir de 1943 en la Alianza Libertadora Nacionalista), Defensa Social Argentina (DSA), Acción Nacionalista Argentina (ANA), Afirmación Argentina, Restauración y UNA Patria, entre otras. Todas estas formaciones, contrarias a los gobiernos democráticos siempre que demostraran ser lesivos a los intereses locales, vieron con buena perspectiva la neutralidad nacional en una y otra conflagración mundiales, porque de alguna manera significaba que Argentina no estaba ni con el liberalismo representado por Inglaterra, ni tampoco como un satélite del destructivo comunismo soviético.

Las organizaciones nacionalistas en nuestro país, en especial las que se formaron durante las administraciones de Hipólito Yrigoyen (1916-1922 y 1928-1930), expusieron varios motivos para salir a la palestra, siendo centrales, en primer término, la defensa de la hispanidad y el integrismo católico, seguido del

 “rechazo al desorden causado por la aparición de organizaciones políticas y sindicales de izquierda y al incremento de la conflictividad social –notoriamente expresados en los (…) sucesos de la Semana Trágica y en los levantamientos de la Patagonia-, [y] desconfianza hacia el régimen republicano agudizada por el popularismo radical que llevó al poder a Yrigoyen en 1916…”[1] 

En este trabajo, vamos a ver la reacción del nacionalismo argentino ante los acontecimientos bélicos de la Segunda Guerra Mundial, y cómo intentaron terciar para que las autoridades gubernamentales no declararan la guerra a ninguna de las facciones en pugna, si bien se sabe de las simpatías germanófilas o pro Eje que las entidades nacionalistas tenían y compartían entre sus miembros.

LA ALN Y LA NEUTRALIDAD 

El almirante León Scasso fue, por decirlo de algún modo, un raro fenómeno que dentro de la Marina adhirió al nacionalismo más acendrado, al punto de constituirse en formador de cuadros políticos de la Alianza Libertadora Nacionalista (ALN). Promediando la Segunda Guerra Mundial, tomó una postura neutral a raja tabla, similar a la que tuvieron sus camaradas de la ALN.

En 1942, en pleno desarrollo del conflicto, dijo que “la posición neutral adoptada por el Gobierno y apoyada por todos los argentinos patriotas, no es consecuencia de una especulación de orden material. Obedece a un modo de sentir general de nuestra población tradicionalmente amiga de todos los pueblos de la tierra, sin odios, rencores ni pasiones en contra de ningún extranjero y sin otros intereses inmediatos en la expansión de su esfera de influencia política, que los derivados de su natural y legítimo desarrollo y progreso”. Esto lo dejó plasmado el marino en el periódico “Pampero” del 7 de diciembre del referido año.

Así hubo de mantenerse hasta que, el 26 de enero de 1944, el gobierno de Facto del general Pedro Ramírez decidió, por presión de los Estados Unidos, declarar la guerra a Alemania y Japón, con el consecuente rompimiento de relaciones diplomáticas. Esa fecha se erigió en punto de inflexión para el movimiento nacionalista en Argentina, pues fue a partir de entonces que las críticas y las fisuras hacia el proceso iniciado el 4 de junio de 1943 comenzaron a hacerse más notorias.

El almirante Scasso, envuelto en su doble rol de adoctrinador de la ALN y, por el otro, de Ministro de Marina de la Nación, solicita la renuncia a este último cargo presentándose ante el Ministro de Interior, general Luis Perlinger.[2] Ese mismo 26 de enero de 1944, la ALN, a través de su Junta Nacional Ejecutiva, salió a condenar lo actuado por el general Ramírez en un comunicado que llevaba las firmas de Juan Queraltó (jefe de dicha Junta) y la de Alberto Bernaudo, secretario general de la ALN. En términos muy duros, manifestaban a Ramírez que

 “Su gobierno ya está condenado por la historia porque ha deparado a la Argentina las horas de mayor humillación desde su nacimiento a la vida independiente. (…) La política neutral nos abría el camino hacia la gran potencia y nos convertía en esperanza de los pueblos hermanos; mantenerla era demostrar la capacidad de autodeterminación de la Argentina frente a cualquier presión imperialista.”

Y a modo de conclusión, agregaba que “La juventud militar y civil nacionalista siente en carne propia el ultraje inferido, y no lo olvidará”.[3]

Quizás el conservadurismo, primero, y el temor, más tarde, hizo pensar a las administraciones que, desde 1939 y hasta 1942, mantener la neutralidad argentina ante la Segunda Guerra iba a traer, como consecuencia, una merma en las relaciones económicas con Gran Bretaña, y una tirantez con la nueva potencia emergente, los Estados Unidos. Mientras el nacionalismo vernáculo exigía, para manutención de una altiva postura independentista y bien definida, la neutralidad pese a dichas presiones, el gobierno militar surgido en junio de 1943 fue virando paulatinamente hacia la toma de una postura que ya se mostraba indeclinable en toda América: la declaración de guerra al Eje.

El militante de ALN, Jorge Montiel Belmonte, felicita la postura del historiador revisionista y dirigente del Uruguay, don Luis Alberto de Herrera, por tener una postura contraria al Acta de Chapultepec que nos introducía en intereses ajenos a Hispanoamérica al involucrarnos en la guerra mundial.

Dijimos, pues, que la primera manifestación en esa dirección ocurrió el 26 de enero de 1944, la que hubo de acentuarse poco más de un año más tarde en México, a través de la firma del Acta de Chapultepec, el 6 de marzo de 1945. Allí, en la ciudad capital azteca, y bajo la nítida influencia de los Estados Unidos, todos los países hispanoamericanos se comprometieron a ejercer una defensa recíproca ante cualquier ataque de potencia bélica extranjera, al tiempo que sancionar a aquellas naciones americanas que contravinieran dicha colaboración entre los países miembros.

Argentina, desde luego, adhirió y firmó dicha Acta que fue tomada como una traición por el movimiento nacionalista local. Cuando, tras estas formalidades, la Argentina volvió a replicar su declaración de guerra contra Alemania y Japón, eso fue motivo más que suficiente para que nuestro país sea admitido en calidad de miembro por la Organización de las Naciones Unidas (ONU), entidad fundada el 24 de octubre de 1945 en San Francisco, Estados Unidos.

La ALN, tras la adhesión de nuestra nación al Acta de Chapultepec, distribuyó un escrito fustigando esa traición. Titulado “Ante la conjuración belicista”, y fechado el 19 de febrero de 1945, la organización nacionalista dice allí que, ante el rompimiento neutral, la diplomacia quebró “un rasgo que señala su continuidad histórica: la hidalguía” pues “Hemos liberado pueblos, hemos sabido luchar contra los fuertes. Pero nunca hemos pisoteado al vencido ni hemos adulado al poderoso en el momento del reparto”. Para despejar dudas, desde ALN aseveran que aún si “los derrotados fueran Inglaterra o Estados Unidos, sentiríamos la misma repugnancia en asestar el golpe y lo denunciaríamos con la misma energía con que lo hacemos hoy”. En otro párrafo, manifiestan que en la declaración de guerra hay más bien deshonor, pues será recibida por la historia “con gestos risueños o amargos comentarios” dado que la Argentina no participó de la guerra mundial y, por lo mismo, no importó a su pueblo ninguna “movilización de todas las energías en una suprema voluntad de subsistir”.

El general Juan Bautista Molina fundó, en 1935, la Alianza de la Juventud Nacionalista (AJN), que al cabo de unos años se transformó en la Alianza Libertadora Nacionalista (ALN). Aunque germanófilo cuando estalla la II Guerra Mundial, era partidario de la neutralidad de nuestro país. Emitió su repudio al firmarse el Acta de Chapultepec en marzo de 1945.

Para definir el error en que se ha caído con la aceptación del Acta de Chapultepec, sostienen desde la ALN que “Cuando se comienza a servir el interés extraño, no se sabe adónde esa servidumbre puede conducir”, pues, uno de los magros escenarios que podrían darse era el que “La sangre argentina se derramaría para que la bandera norteamericana siguiera flameando en Manila; para que los comerciantes norteamericanos vendieran sus mercancías en Shangai”. Lo que había que lograr, merced a una dura resistencia, era mantener la “indomable voluntad de ser” de nuestro país, concluían.[4]

Plenamente disgustados con el rompimiento de la neutralidad, un militante de ALN escribió un “Cielito de la Traición” bajo el seudónimo “Logia Falucho” [5], en algunos de cuyos versos expresaba lo siguiente:

“Cielito, cielito lindo,

cielito de la traición.

¿Pa mandarnos a la guerra

vino la Regolución? 

(…) 

Cielito, cielito lindo,

que la guerra nos enlaza.

¿Por qué no pelia el gobierno

y a mí me dejan en casa? 

Va a matar el argentino

si se ofrece la ocasión,

Pero va a empezar el baile

con el coronel Perón. 

(…) 

Yo soy un pobre paisano

pero canto esta razón:

mi sangre riega mi patria.

Que otros rieguen el Japón. 

Cielito, cielito criollo,

cielo de madre en lamento.

Le van a matar los hijos

pa que el yanqui esté contento. 

(…)”[6]

 

OTRAS EXPRESIONES DE LA NEUTRALIDAD 

Atrás dejamos la posición de la ALN, una de las organizaciones nacionalistas más importantes de la primera mitad del siglo XX. Pero también hubo otras más que, con menor cantidad de integrantes, decidieron mantenerse al margen tanto de los Aliados como de las fuerzas del Eje.

Una de ellas fue la Liga Republicana (LR), dirigida en su más alto escalafón por Roberto de Laferrère (1900-1963), un periodista de profesión que adhería al revisionismo histórico. Desde la invasión de Alemania a Polonia, en septiembre de 1939, la LR mantendrá una intransigente neutralidad, posición que defendía con encendidas notas desde las páginas de su órgano de difusión, el periódico “El Fortín”. Aquí deslumbraba la pluma de Rodolfo Irazusta, así como también la de Carlos Ibarguren hijo. La LR, que contó en sus primeros años con la notable colaboración de Ernesto Palacio, no se plegó a los militares que hicieron la revuelta del 4 de junio de 1943, por eso protestaron enérgicamente el rompimiento de la neutralidad en enero de 1944 y en marzo del año siguiente.

Laferrère al despuntar la Segunda Guerra parecía más cercano a Francia, entonces jaqueada y ocupada por la Alemania Nacional Socialista. Sin embargo, a inicios de 1941, al intentar definir a los “verdaderos nacionalistas”, expresó que éstos no debían vincularse a ningún partido político, y tenían que abominar del imperialismo británico, de la inmigración hebrea, del capital extranjero y combatir al comunismo. Asimismo, advertía en las páginas de “El Fortín”, que los nacionalistas debían

“abominar de cualquier vinculación pública o secreta con elementos nazis o de otra organización de propaganda extranjera (…) Nuestros peores enemigos, hoy son los ingleses y los judíos. Mañana pueden serlo los yanquis o los alemanes…”[7] 

Enrique P. Osés (1899-1954), ha sido otro dirigente del nacionalismo que demostró su animadversión cuando Argentina dejó a un lado la neutralidad. Este dirigente mantuvo contactos con organizaciones tales como la ALN y Restauración, pero fue, más que nada, un dirigente dedicado a la fundación de numerosos periódicos donde los nacionalistas pudieron plasmar sus ideas, escribir columnas de opinión o, simplemente, propagar las actividades de las estructuras en las cuales militaban.

Su gran acierto editorial, dentro de la prensa gráfica nacionalista, fue el diario “El Pampero”, de enorme repercusión entre 1939 y 1944, año el último cuando fue clausurado por el gobierno de Facto del general Ramírez. Para aquel periódico escribió un artículo en 1941, mientras estuvo detenido, en donde Osés fijaba su posición netamente neutralista. Por eso, comenzó escribiendo que “Anoche –si es que el Régimen lo ha permitido- debe haberse realizado un acto nacionalista en el Augusteo, organizado por Afirmación Argentina, para proclamar un postulado nuestro: la neutralidad absoluta frente a la actual contienda”. Acusaba, líneas más adelante, que una “criminal confabulación cipaya” pretendía arrastrarnos a la guerra para servir “a la demoplutocracia yanqui-judía de Wall Street, Roosevelt y de Churchill”. Allí también se mofaba de los que querían poner a nuestro país del lado de Inglaterra, “al lado de su pariente Estados Unidos”, pidiéndoles, de paso, que dejen de hablar en nombre del pueblo argentino que, por historia, si algo habría de celebrar es el final del Imperio Británico.[8]

El navarrense Manuel A. Fresco fue otro que, habiendo sido conservador, Gobernador de la provincia de Buenos Aires y admirador de Hitler y Mussolini, alguna vez se mostró a favor de la intransigencia argentina en la Segunda Guerra Mundial. Más que nada, lo hizo cuando creó la agrupación UNA Patria (Unión Nacionalista Argentina – Patria).

Médico de profesión, llegó a ser la figura política más representativa del Partido Conservador de la zona de Morón, desde donde inició una vertiginosa carrera que lo llevó a ser, entre otros cargos, Presidente de la Cámara de Diputados de la Nación y figura máxima del poderoso Partido Demócrata Nacional (PDN), títulos todos que Fresco ocupó durante la “Década Infame”, al igual que la de Gobernador bonaerense (1936-1940). Por esto último, recibió algunas críticas de parte de otras organizaciones nacionalistas cuando Fresco fundó UNA Patria, espacio en donde desplegó una ideología nacionalista conservadora.

Fresco se opuso a las políticas de Yrigoyen, por eso fue partidario del golpe de Estado de septiembre de 1930, el primero realizado en nuestro país en el siglo XX. Pero, retomando el tema central de esta publicación, hacia 1942 salió una cartilla de UNA Patria que, intitulada Guerra en la frontera”, declamaba algunos fundamentos de por qué Argentina no tenía que entrar en la Segunda Guerra Mundial.

En las páginas de ese folleto nacionalista, la agrupación de Fresco dice que si los Estados Unidos, como “país poderoso”, plantea expandirse “nosotros debemos tender a nuestra defensa”, porque nada más falso que invocar “la unión americana” si la misma no reviste garantías necesarias para que se cumpla ese anhelo. Hay además, una crítica a la adhesión del Brasil del lado de los Aliados [9], por eso juzga con buenos ojos la hasta allí neutralidad de nuestro país de la mano de su presidente, el Dr. Ramón S. Castillo.

Lamentablemente, para UNA Patria se estaba gestando una idea falsa de “política panamericanista” que, alentada aviesamente desde los Estados Unidos, tendía a ser muy agresiva, excusa primordial e innecesaria para la intervención militar en nuestro continente de los estadounidenses. De allí que, como sugiere el folleto,

“Desgraciadamente la historia de los pueblos americanos nos enseña que allí donde tropas extranjeras llegaron una vez no se fueron nunca.” 

Al mismo tiempo, Fresco llamaba a seguir teniendo confianza en el presidente Castillo y a “huir del incendio mundial” que significaba la Segunda Guerra. En UNA Patria, sostener la neutralidad consistía en tener “una política internacional sabia”, muy parecido a la que tenía la República de Chile, se enfantizaba en el texto aludido. Por último, aclaraban que “El enemigo está en el Norte”, pues para los norteamericanos las naciones hispanistas eran vistas “como aliadas de Hitler”, motivo suficiente para romper la unidad continental y ser devorados con mayor facilidad por las potencias extranjeras.

En resumen, la neutralidad voceada por los nacionalistas argentinos se tradujo, por un lado, en una creciente sospecha de que los hijos del país iban a ser directamente utilizados como carne de cañón de intereses ajenos a los nuestros. Por otro lado, podía equivaler a una invasión a nuestras tierras, hasta entonces tranquilas debido a la neutralidad, por la presencia de ejércitos extraños que, más que seguro, se asentarían y no se retirarían jamás de nuestro territorio con la excusa de propender a la paz.

Portada de un periódico de Torreón, México, dando cuenta la aprobación del Acta de Chapultepec. Por presiones de Estados Unidos, el gran vencedor de la Segunda Guerra, se pidió a los distintos gobiernos hispanoamericanos adherir a la misma. Para muchos, fue una traición.

Por último, la tardía declaración de guerra contra el Eje de parte de Argentina, no disipó las sospechas de Estados Unidos e Inglaterra de que nuestro país tenía más simpatías por los regímenes de Alemania e Italia. Así nos lo hizo saber Winston Churchill cuando, en un discurso que pronunció el 2 de agosto de 1944 en la Cámara de los Comunes, espetó:

 “Todos sentimos profunda pena y también ansiedad, como amigos de la Argentina, que en esta época de prueba para naciones ella no haya considerado adecuado declararse sincera, inequívocamente y sin ninguna reserva o limitación, del lado de la libertad, y haya elegido coquetear con el mal. Y no sólo con el mal, ¡sino con el bando perdedor! Confío que mis observaciones serán examinadas, porque esta es una guerra muy seria. No es igual a las pequeñas guerras del pasado donde todo podía ser olvidado y perdonado. Las naciones deben ser juzgadas por el papel que desempeñan. No sólo los beligerantes sino los neutrales hallarán que su posición en el mundo no puede permanecer enteramente sin ser afectada por la parte que ellos decidieron desempeñar en la crisis de la guerra.”[10]

Y quizás ello influyó para que, aún en nuestros días, carguemos con la presión de los organismos financieros creados inmediatamente luego del conflicto que definió el rumbo universal de modo inobjetable.

 

Por Gabriel O. Turone

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Bibliografía:

*) Alianza Libertadora Nacionalista, Buenos Aires, Primera Quincena de junio de 1954.

*) Ante la conjura belicista (díptico), Alianza Libertadora Nacionalista, 19 de febrero de 1945.

*) Barbero, María Inés y Devoto, Fernando. “Los nacionalistas”, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1983.

*) Bendaña, Alejandro. “Churchill, Roosevelt y la neutralidad argentina”, Revista Todo es Historia, Año X, Nº 113, Octubre de 1976.

*) Guerra en la frontera (cartilla), UNA Patria, Buenos Aires, 1942.

*) Osés, Enrique P. “Medios y fines del nacionalismo”, Editorial Sudestada, Buenos Aires, 1968.

*) Piñeiro, Elena. “La tradición nacionalista ante el peronismo”, A-Z Editora, Buenos Aires, 1997.

*) Rock, David. “La Argentina autoritaria”, Compañía Editora Espasa Calpe Argentina S.A. / Ariel, Buenos Aires, 1993.

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Notas:

[1] López, Ernesto. “El primer Perón. El militar antes que el político”, página 34.

[2] Resulta de sumo interés reconocer la persistente postura adoptada por la ALN a través de los años, respecto de la neutralidad que, para ella, debió tener la Argentina mientras se desarrollaba la conflagración mundial. Como botón de muestra, al ocurrir el deceso del almirante Scasso, el 13 de junio de 1954, un camarada suyo de ALN, Jorge Montiel Belmonte, ante su sepulcro y en un encendido discurso que pronunció, dijo que Scasso “tiene para todos nosotros un carácter patriarcal y de ejemplo porque es la que más hondo habló a nuestros corazones argentinos en las horas en que la patria era extraviada en el brumoso camino de la traición y la entrega”. Los dos últimos sustantivos (traición y entrega) aluden, indudablemente, a la declaración de guerra contra el Eje que hizo nuestro país en los albores de 1944. (Citado en <<Ha muerto el Almirante de la Soberanía>>, Alianza Libertadora Nacionalista, Año I, Nº 1, Buenos Aires, junio de 1954, página 2)

[3] Piñeiro, Elena. “La tradición nacionalista ante el peronismo”, página 259.

[4] “Ante la conjuración belicista” (díptico), Alianza Libertadora Nacionalista, 19 de febrero de 1945.

[5] Alias de Jorge F. Montiel Belmonte.

[6] “Cielito de la Traición” (esquela), Archivo Jorge F. Montiel Belmonte, circa 1944/45.

[7] Rock, David. “La Argentina autoritaria”, página 142.

[8] Osés, Enrique P. “Medios y fines del nacionalismo”, página 43.

[9] Brasil entró en la guerra el día 21 de agosto de 1942, enviando una nutrida expedición militar compuesta por más de 25 mil soldados agrupados en lo que se llamó la Fuerza Expedicionaria Brasileña (FEB). El rompimiento de relaciones diplomáticas con el Eje se había dado unos meses antes, en enero de 1942.

[10] “Churchill, Roosevelt y la neutralidad argentina”, de Alejandro Bendaña, Revista Todo es Historia, Octubre de 1976, páginas 25 y 26.

Prensa JR
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