LA CASA MILLAN DE FLORES, UN MAL EJEMPLO DE ABANDONO PATRIMONIAL

LA CASA MILLAN DE FLORES, UN MAL EJEMPLO DE ABANDONO PATRIMONIAL

Ocurrió en los últimos días de marzo del corriente año. El desprecio por la historia y, sumado a ello, el desdén con que fue tratado el que estas líneas suscribe, aniquilaron los últimos vestigios que quedaban del antiguo solar donde habitó, ni más ni menos, que el fundador del ayer pueblo, y hoy barrio porteño, de San José de Flores.

Resulta pavoroso, y rayano en la indignación, el abandono patrimonial y edilicio que viene sufriendo desde hace ya varios años Buenos Aires. Todos los días, el refugio capitalista por el ladrillo destruye los orígenes materiales de nuestra ciudad, cambiándola por una arquitectura que hasta el nombre ha perdido.

De la casa que antaño ocupara don Antonio Millán (1753-1830), el albacea de la familia Flores y primer trazador de la nomenclatura pueblerina entre 1804 y 1806, ya teníamos noticias desde el primer plano catastral que se levantó de San José de Flores en 1822, donde figuraba rodeado por varias hectáreas que Millán, junto a varios negros afro –algunos de los cuales había criado y cristianizado-, trabajaban.

Imagen sin editar, en la cual se notan -en la parte superior- los surcos de una mano. Esto demuestra la confección manual de estos ladrillos de casi dos siglos de antigüedad. Pertenece el fragmento a una de las paredes de la casa o finca de Antonio Millán, el apoderado de la familia Flores.

La impunidad y el dios dinero quisieron que, una tarde triste, la del 23 de noviembre de 2000, ese histórico solar fuera echado abajo ante la mirada atónita de los florenses que no podían creer el crimen que se acababa de concretar. Tal como expuse en una nota que publiqué el 22 de marzo de 2014,

“Hay varios responsables de semejante genocidio, en primer término, por la investidura que tenía, encontramos al Dr. Enrique Olivera, entonces Jefe de Gobierno porteño. Luego, le siguen: Francisco Prati –director de Planeamiento e Interpretación Urbanística de la época-, y la Constructora CIADA. Todos ellos, y seguramente muchos otros más, desoyeron que la zona donde se ubicaba esta antiquísima casa de Flores había sido declarada Área de Protección Histórica.”[1] 

Como acontece en esto de la historia, uno empieza a querer las cosas cuando las conoce, por eso mismo, he dado cuenta de este desaparecido solar allá por el año 2012, al adentrarme en su historia, en quiénes lo habitaron y por el simbolismo que encerraba para Flores, en particular, y Buenos Aires, en general.

Por razones laborales, pasaba –y lo sigo haciendo aún hoy- por avenida Juan Bautista Alberdi 2476 caminando o en colectivo, y tratando de ubicar a algún alma que me pudiera cerciorar respecto a quiénes eran los actuales dueños de ese lote ruinoso o, en todo caso, si era posible acceder al mismo para obtener algunas imágenes fotográficas de lo que había quedado en pie cuando, ante la protesta tardía de algunos vecinos de Flores –no muchos- se frenó la destrucción total de la vieja edificación de Millán.

Una vez, allá por abril o mayo de 2015 vi entrar a una persona a través de una desvencijada puerta que hacía, al mismo tiempo, de reja protectora para evitar intrusos. Con mucha amabilidad, y ante mis preguntas, me dijo que el dueño del lote estaba a nombre de una firma de arquitectos llamada Antoliche & Asoc.[2], cuyas oficinas quedan en avenida Directorio 1652, en pleno corazón de Flores, los cuales, a su vez, son propietarios de un lavadero de autos llamado “Tutú Wash”, sito en Directorio 2331, Capital Federal.

Dos fragmentos de ladrillos rescatados de la “Casa Millán”. Según me ha escrito el arqueólogo Schávelzon, son de la época del solar (década de 1820).

A esta última dirección me dirigí con una carta de presentación, añadiendo una nota que había redactado sobre el solar y más una tarjeta personal mía, a fin de poder entrar a ver lo que quedaba de la primitiva casa de Antonio Millán (dos paredes intactas, unos parantes de quebracho y una reja de antiquísima factoría, más unos cuántos escombros desparramados en el suelo, tal como los dejaron las palas mecánicas cuando destruyeron la edificación en 2000). Y aunque los dueños no estaban en ese momento, me aseguré de que les lleguen tanto la carta como mi tarjeta personal. 

A los pocos días, recibí un llamado de un integrante de la familia Antoliche (Ezequiel) quien, ante la extrañeza de mi pedido, quiso que le explicara cuál era mi objetivo y, al corroborar que simplemente quería tener el permiso de ellos para entrar y tomar algunas fotografías, se mostró tan solícito que me aseguró que en unos días me iba a llamar para que entremos juntos al predio. De esto pasaron ya algo más de tres años, sin que nunca me llamaran o amagaran a hacerlo.[3]

En el interín, también me dieron la posibilidad de verter algunos conceptos sobre todo lo que representaba para los amantes de la historia y su patria chica, a través de la barriología, un solar –de haberse preservado- como el de Millán en Flores. De allí, pues, que en la Revista de la Cooperativa La Taba (Nº 42, de octubre de 2015), en una entrevista dije que “El lugar mostraba en forma muy fiel lo que fue el pueblo de San José de Flores con su ruralidad”, y que Antonio Millán

“A nombre de la familia Flores cede terrenos y traza algunos caminos principales. Uno fue la Av. Alberdi, que se llamaba Camino a Cañuelas. Cuando estaba por morir el fundador del pueblo le cede la propiedad a su albacea Antonio Millán…”[4]  

Allí también expuse que la venta del solar la había realizado la inmobiliaria Naccarato a la firma CIADA Construcciones S.A., precisamente, empresa donde tenían acciones los arquitectos Antoliche. Mediante una irrisoria suma de dinero -500 mil pesos argentinos-, CIADA limpió el daño que había hecho a toda la comunidad de Flores, dado que esa cifra fue destinada para la construcción de un Centro Cultural en el Bajo Flores. A mi modo de ver las cosas, nada pudo reparar el hecho en sí, porque desde agosto de 2000 la zona que comprendía al solar de Millán había sido declarada Área de Protección Histórica (APH).

VESTIGIOS LADRILLARES Y ESCLAVOS NEGROS  

La tarde noche del viernes 27 de octubre de 2017, al pasar por el frente del solar, o lo que quedaba del mismo, pude notar que una cantidad apreciable de ladrillos antiguos estaban tirados –así, literalmente- sobre la vereda de avenida Alberdi 2476, amontonados, padeciendo las inclemencias del clima porteño. No dudé ni un segundo en agarrar algunos fragmentos y colocarlos en mi mochila. Esos pedazos son los que se observan en las imágenes aquí expuestas.

La antigüedad de esos ladrillos me los dio el prestigioso arqueólogo urbano, Dr. Daniel Schávelzon, a quien contacté por la red social “Facebook” el día 30 de octubre. Entre otros conceptos, le escribí sobre las características de ese antiguo solar impunemente destruido, que era de la década de 1820, y que quería saber si, a simple vista, se podían cotejar la vejez de los fragmentos. Schávelzon me aclaró en seguida el interrogante, al responderme: “Hola. Sí, creo que [los ladrillos] son de la época. Por supuesto que por foto es difícil pero sí parecen”.[5]

Volví a contactarme con él casi un año después, el 15 de octubre de 2018, oportunidad en la cual, como la anterior vez, le pasé algunas fotografías de otros fragmentos de ladrillos cosidos de la ex casa de Antonio Millán que había recolectado. Éstos eran más voluminosos que los de 2017, llamándome la atención uno de ellos que tenía marcados unos surcos del mismo tamaño que el grosor de los dedos de una mano.

Aunque editada, la imagen muestra con claridad los surcos que presenta el ladrillo del solar de Millán donde, por otra parte, caben los dedos de mi mano derecha. Es un vestigio de la confección manual de los ladrillos, tarea que efectuaban los negros esclavos de origen afro.

Poco antes de ese día de octubre de 2018, y en medio de una charla animada que mantenía con mi amigo Ángel Pérez, ex prefecto e historiador de Baradero, Provincia de Buenos Aires, éste me mostró un ladrillo enorme que había pertenecido a una vivienda injustamente demolida de aquella localidad y que, al igual que con el ladrillo del solar florense de Millán, presentaba los mismos surcos. “¿Ves estas marcas?”, me preguntó Pérez, a lo que continuó explicándome: “Bueno, esto quiere decir que los ladrillos fueron amasados a mano y hechos por esclavos negros. Esta modalidad era muy común en los siglos XVII, XVIII y XIX en nuestro país”. Semejante afirmación es harto atribuible a la pieza cosida que se expone en esta nota, donde se ven los dedos de mi mano derecha apoyados sobre esos surcos.[6] He aquí, pues, una pista que da cuenta de la historia que tenía aquella vivienda de Flores demolida por el progreso.

Quizás hayan sido las numerosas ocupaciones del arquitecto Schávelzon, pero el tema fue que los mensajes que le hice llegar por “Facebook” el 15 de octubre de 2018 no me los respondió; ni siquiera les clavó ‘el visto’, como se dice ahora.

Aquellas últimas ruinas que una vez intenté fotografiar, posaron, sin embargo, ante la lente de mi cámara digital para que, al menos, se tenga una vaga referencia del solar del fundador de San José de Flores. Como sentencié en la nota/reportaje que me hicieron para la Revista La Taba, todavía quedaban “algunas ruinas que, no obstante, guardan todavía cierto valor histórico inmejorable, permanecen en pie dos paredes en que se pueden ver los adornos de otra época, una reja antiquísima y, hasta donde pude ver desde la vereda, uno o dos parantes de quebracho”.[7]

 

Abril de 2017. Así se veían las ruinas del solar del fundador de Flores. Dos paredes aún erguidas (una con visible molduras), un parante de quebracho (sobre la izquierda), una reja del lado derecho, y ladrillos tirados. Nadie se molestó, ni siquiera los dueños del predio, para preservar esas ruinas que aún podían instruir al amante de la historia.

Mientras la liquidez del posmodernismo transcurre como si nada, desde finales de marzo de 2019 estamos lamentando la pena capital, última que se abatió sobre la memoria de Antonio Millán y los tiempos niños de San José de Flores, que, justo y lamentable es decirlo, ya perdió su estirpe, personalidad y enseñoreo para siempre. Y ojalá que tal sacrificio, hecho en aras del capitalismo más recalcitrante, sirva a los efectos de empezar a contrarrestar los pésimos casos de desidia patrimonial que notamos por doquier.

 

Por Gabriel O. Turone 

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Imagen de portada: Composición que muestra, a la izquierda, el solar cuando aún estaba en pie; a la derecha, el mismo predio desecho y excavado presto para la construcción de un complejo de edificio con departamentos, 29 de mayo de 2019.

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Referencias:

[1] TURONE, G. (2014): “El solar de Antonio Millán en Flores (1829)” [en línea], Portal de Historia Argentina de Jóvenes Revisionistas [consultado el 31/05/19]. Disponible en: http://jovenesrevisionistas.org/el-solar-de-antonio-millan-en-flores-1829/

[2] La página web de este estudio es: http://arqantoliche.com/web/

[3] A todo esto, dirigí una segunda carta al arquitecto Ezequiel Antoliche, fechada el 27 de abril de 2016, donde le volví a insistir respecto de mi primer pedido, pero esta vez no me fue devuelta ninguna respuesta.

[4] Perugini, María Gabriela. “De la demolición de la Casa Millán a la construcción del Centro Cultural”, Revista La Taba, Año 4, Nº 42, Octubre 2015, página 26. También, disponible en: http://www.cooperativalataba.com.ar/institucional/revistas/n42web.pdf

[5] Este mensaje, hecho a través del Messenger de “Facebook”, me lo dirigió el arquitecto Schávelzon el 3 de noviembre de 2017 a las 22:52 PM.

[6] La explicación tiene mucho de veraz, porque dentro del Partido de San José de Flores la más grande producción de ladrillos cosidos se encontraba en la Chacra de Francisco Letamendi (1771-1853), lugar que tenía numerosos hornos ladrilleros que abastecían a todo el pueblo de Flores y alrededores. Y Letamendi tenía bajo su poder un total de 13 esclavos negros de Guinea a los que hacía trabajar en dichas labores.

[7] Esa imagen de la “Casa Millán” la obtuve en abril de 2017. Todos los elementos que se ven dentro del predio continuaron permaneciendo allí todavía dos años más tarde, tal como hice referencia en la entrevista que di para la publicación La Taba.

De haber primado la cordura para resguardar aquellas ruinas, sea a través de una iniciativa pública o privada, al presente tranquilamente podríamos haber tenido los porteños una pequeña esperanza de conocer el origen más remoto de Flores, tal vez fundando desde la avenida Alberdi 2476 el epicentro del casco histórico de aquella legendaria barriada porteña.

Prensa JR
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