LA MAZORCA ROSISTA EN TIEMPOS DE LA “MAQUINA INFERNAL”

LA MAZORCA ROSISTA EN TIEMPOS DE LA “MAQUINA INFERNAL”

El episodio que, de no haber primado la intuición de doña Manuelita Rozas Terrero, pudo haber cegado la vida del Restaurador de las Leyes aquel 27 de marzo de 1841, es uno de los que mayores repercusiones tuvo en el seno del poder político federal. Ese artefacto, que pasaría a llamarse “máquina infernal”, y que hoy se exhibe en el Museo Histórico Nacional (MHN) de Buenos Aires, debió ser, en principio, una caja llena de medallas que la Sociedad de Anticuarios del Norte, con sede en Europa, le obsequiaba a Rosas –socio de la misma- en honor a su desempeño al frente del gobierno argentino.

Esa caja partió desde Portugal y, al arribar al Consulado lusitano en Montevideo, aquí fue interceptada por los unitarios que estaban exiliados y combatiendo a la Confederación Argentina. Rivera Indarte, entonces, quitó las medallas y, a través de un mecánico de apellido Aubriot, mandó diseñar en su interior un mecanismo compuesto de 16 cañones cargados con balas que, al abrir la caja, se dispararían dándole muerte, en ese caso, a Juan Manuel de Rosas.

Tras un largo periplo, la caja reformada para matar al Restaurador le fue entregada, por conductos misteriosos, al cónsul general de Portugal, Leonardo de Souza Acevedo Leite junto a un mensaje del ministro portugués de Dinamarca que lo instaba a enviársela a Rosas junto a un oficio en el cual iba la llave para poder abrir el regalo. El regalo, junto a un oficio, llegó envuelto a San Benito de Palermo por el edecán del almirante francés Jean Henri Dupotet, quien en mano se lo entregó a la hija del Restaurador.

Los primeros testigos oculares del macabro dispositivo mortífero fueron la mencionada Manuelita Rozas, su amiga Telésfora Sánchez y la sirvienta afrodescendiente Rosa Pintos. Alborotadas por lo que supusieron eran una trampa destinada a su padre, Manuelita le entregó la “máquina infernal” a él, quien, alertado de la situación, dejó su escritorio de trabajo y, junto a su edecán Pedro Regalado Rodríguez, examinaron con cautela el dispositivo que había fallado en su mecanismo. La noticia no tardó mucho tiempo en diseminarse por toda Buenos Aires, primero, y por el resto de la patria, más tarde.

ELEMENTOS GRANADOS DE “FEDERALES NETOS” 

La Sociedad Popular Restauradora (SPR) y su brazo ejecutivo, la Mazorca o Más Horca, deben su origen al 9 de julio de 1833 por iniciativa de doña Encarnación Ezcurra, quien, dicho por el historiador Dardo Corvalán Mendilaharsu,

“era una mujer dada, por temperamento, al fuerte sport de la política. Tenía arrebatos varoniles, y temerarios cuando el proceder de los sujetos no era, a su modo de ver, correcto y honrado, y sobre todo, cuando se dirigía a lesionar intereses o la persona de su “querido compañero” Juan Manuel.”

La composición social de ambas estructuras –SPR y Mazorca-, nucleaba a un grupo selecto de personalidades de la aristocracia porteña, aunque también hubiere entre ellos pulperos (Julián González Salomón), militares (Nicolás Mariño) y miembros de la Legislatura (como don Cayetano Campana).

Retrato de perfil inédito de don Silverio Badía, integrante de la Mazorca o Más Horca federal. En 1853 fue ahorcado junto a su par, don Manuel Troncoso,  y expuestos sus cadáveres para expectación pública.

El mismo año de la conjura unitaria mediante el empleo de la “máquina infernal”, 1841, la SPR se componía de 191 miembros. En la lista de “moderados y pelucones”, que era como calificaba José María Ramos Mejía a sus componentes, aparecían “apellidos que pertenecen por legítimas razones de nacimiento, educación, servicios y conducta al Patriciado Argentino”, al decir de Corvalán Mendilaharsu.[1] Así, nombres tales como José de Oromí, Simón Pereyra, Miguel Riglos, Saturnino Unzué, Roque Sáenz Peña (abuelo de quien fuera Presidente de la Nación), Francisco Chas, Francisco Obarrio, Martín de Iraola, Fermín de Irigoyen, el general Mariano Benito Rolón, Eduardo Lahitte, Adolfo Mansilla, Francisco Sáenz Valiente, Nicolás Mariño, Vicente Casares, el coronel Martín Santa Coloma, José Manuel Larrazábal[2] y otros, figuraban en aquella nómina de la SPR.

A diferencia de los más decididos integrantes que, desde un principio, habían revistado en las filas de la Mazorca –caso Ciriaco Cuitiño, Leandro Alen, Andrés Parra, Manuel Troncoso, José María Boneo, José Custodio Moreira o Silverio Badía-, los “moderados y pelucones” de la SPR eran llamados así porque, más allá de hacer encendidos discursos, “debían guardar en lo más profundo de su alma un repliegue para la íntima crítica de los “procedimientos excesivos”” de que hacían gala los mazorqueros.

TEDEUM, TERTULIA Y ACCIONES

Anoticiados del fracasado intento de asesinato de Rosas a través de la “máquina infernal”, el día 6 de abril de 1841 la Sociedad Popular Restauradora distribuyó una circular en donde llamaba a renovar “sus juramentos de vengar este crimen”, al tiempo que “jura no abandonar un momento la custodia de Nuestro Ilustre Restaurador de las Leyes”. Esta circular invitaba a un tedeum y se distribuyó personalmente a cada integrante de la SPR y de la Mazorca (aquí publicamos la cursada “Al ciudadano federal Vicente Corvalán”), y al pie llevaba las rúbricas de Miguel Riglos, Simón Pereyra y José María Boneo.

Detalle de la Circular emitida por la Sociedad Popular Restauradora el 6 de abril de 1841, en donde llama a velar por la integridad del Restaurador de las Leyes ante cualquier otro ataque de los salvajes unitarios.

 

Días más tarde, el 15 de abril de 1841, la Mazorca –por medio del “Cuerpo de Serenos”– invitaba

“a un Baile en el Teatro Argentino el 25 del presente a las nueve de la noche, que dedican al Excelentísimo Señor Gobernador Nuestro Ilustre Restaurador de las Leyes, y su esclarecida hija la Señorita Doña Manuelita, por haber salvado su preciosa vida de la máquina infernal inventada por los salvages asquerosos unitarios.”

Y pedía, en el último párrafo que, de no poder asistir el o los invitados, “se servirá Vd. devolver los boletos adjuntos en la víspera del expresado día 25”. En este caso, además de la firma del jefe del Cuerpo de Serenos, Nicolás Mariño, también estaban las de Pedro Vela, Fermín de Irigoyen, Ambrosio Plácido Lezica y José María Rabelo.

Después de organizar y pedir la asistencia para un tedeum y un baile o tertulia donde, en este último, no faltaron aquellos géneros folklóricos tales como el Minué Federal o La Refalosa, los miembros de la SPR y su brazo ejecutor se disponían a ejercer su habitual vigilancia para detectar a los enemigos declarados de la Santa Federación.

Ese año de 1841, merced al peligroso intento que pudo costarle la vida a Rosas y, sumado a la derrota federal a manos de los unitarios del general José María Paz en la batalla de Caaguazú (28 de noviembre de 1841), volverá a encender la alerta de los mazorqueros para emprender una nueva ofensiva, la cual tendrá un despliegue formidable al año siguiente (abril de 1842).

Para tener un panorama lo más acertado posible acerca de cómo intervenía la Mazorca, ésta misma, de acuerdo al contexto, apelaba a maniobras defensivas u ofensivas. En cuanto a las maniobras defensivas de la Mazorca rosista, aquéllas se limitaban a las tareas de espionaje, de la que se encargaban “los negros y las mulatas” que

“huroneaban las intimidades de las familias, haciendo delaciones y llevando chismes. Los fétidos candombes, las funciones coloradas de los africanos y libertos, lisonjeados por el dictador, estimulaban la adhesión a la Santa Causa y acicateaban la vigilancia para limpiar de unitarios la ciudad.”[3] 

La ofensiva desatada en abril de 1842 por la Mazorca fue comparada con la que ocurrió en 1840, que, por lejos, fue más encarnizada. Sin embargo, resulta de muy valioso testimonio una carta que el edecán de Rosas, general Manuel Corvalán, envió a su par, el coronel Joaquín María Ramiro, el 18 de abril de 1842, para pedirle que, por orden superior del Restaurador, sean castigados aquellos crímenes callejeros:

“El infrascripto ha recibido orden del Excmo. Señor Gobernador de la Provincia Brigadier Don Juan Manuel de Rosas para decir a V. E. que ha mirado con el más serio profundo desagrado los escandalosos asesinatos que se han cometido en estos últimos días, los que aunque han sido sobre salvajes unitarios, nadie, absolutamente nadie, está autorizado para semejante bárbara licencia.

“Que en su virtud habiendo S. E. ordenado al Jefe de Policía ponga en ejercicio toda la (reserva) del Departamento para hacer desaparecer tanto escándalo, y que al efecto haga salir desde esta noche patrullas de la tropa de dicho departamento, disponiendo y asimismo de día lo necesario para evitar iguales asesinatos, debiendo los asesinos o sospechoso de tales ser presos, y conducidos a la cárcel pública con grillos; S. E. sin embargo de la referida orden, previene a V. E. que con algunas patrullas del Batallón de su mando se ocupe también de celar el pueblo, y calle de extramuros, tanto de noche como de día con el mayor esmero, y delicado desempeño, procediendo del mismo modo a mandar a la cárcel pública con grillos a los asesinos o sospechosos de tales que se encuentran.”[4]

Esta misiva exhibe algunos datos para el análisis. En primer término, habla de los límites que el mismo Restaurador ponía a sus acólitos mazorqueros, a quienes no duda en tipificar, si se hallan implicados en actos alevosos o groseros, de “asesinos o sospechosos”. Del otro, da órdenes concisas para que esas personas reciban un castigo ejemplar por abusar de las facultades que tenían para salir a patrullar la nomenclatura porteña.

Invitación al Baile o Tertulia que, con motivo del criminal ataque frustrado de la “máquina infernal”, convocó, entre otros, el Sargento Mayor de Infantería, don Nicolás Mariño, conspicuo miembro de la Mazorca y Comandante del Cuerpo de Serenos, el mismo al cual perteneció José Custodio Moreira, padre del gaucho fugitivo.

Caso emblemático de lo último, ha sido el fusilamiento que Rosas dispuso del padre del gaucho Juan Moreira, don José Custodio Moreira, miembro de la Mazorca, por pasearse por las calles del viejo Buenos Aires con algunas cabezas de unitarios salvajes que había colocado dentro un carro mientras voceaba que vendía duraznos, desgraciados a los que, momentos antes, había decapitado ganado por la algarabía de alguna Refalosa.

Concluimos en que, luego de ese convulso 1842, vino el lento declive de los mazorqueros, hasta que, superados en todos los campos de batalla los salvajes unitarios que únicamente quedaban arrinconados en Montevideo, la SPR y la Mazorca fueron disueltas, por Decreto del Restaurador de las Leyes, el día 1º de junio de cuatro años más tarde, aunque hay quienes arguyen que ambas organizaciones se extinguieron para siempre un día patrio: el 9 de julio de 1846.

 

Por Gabriel O. Turone

 

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Bibliografía:            

*) Corvalán Mendilaharsu, Dardo. “La Sociedad Popular Restauradora y la Mazorca”, Revista Fray Mocho, 1912.

*) Ibarguren, Carlos. “Juan Manuel de Rosas. Su vida, su drama, su tiempo”, Ediciones Theoría, Buenos Aires, 1972.

*) Irazusta, Julio. “Vida política de Juan Manuel de Rosas a través de su correspondencia”, Tomo 4, Colombia, 1975.

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Referencias:

[1] Corvalán Mendilaharsu, Dardo. “La Sociedad Popular Restauradora y la Mazorca”, Revista Fray Mocho, 1912.

[2] A la muerte de Julián González Salomón en 1846, la presidencia de la Sociedad Popular Restauradora pasó a ejercerla este José Manuel Larrazábal aunque por poco tiempo, pues dicha entidad fue abolida, como se aclara en esta nota, por Decreto del 1º de junio del año mencionado.

[3] Ibarguren, Carlos. “Juan Manuel de Rosas. Su vida, su drama, su tiempo”, página 239.

[4] Irazusta, Julio. “Vida política de Juan Manuel de Rosas”, Tomo 4, página 137.

Prensa JR
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