MERCENARIOS Y DESERTORES ANTES DE CASEROS (1852)

MERCENARIOS Y DESERTORES ANTES DE CASEROS (1852)

Un caso singular en los sucesos de la batalla de Caseros, de febrero de 1852, fue el de los contratados y los desertores. De un bando y del otro se sucedieron dinámica e intermitentemente, colocando, al trágico suceso de armas, una nota ahora de color, pero que, en su momento, constituiría un acto de lesa traición. Tomamos, para esta nota, dos casos emblemáticos, el primero de los cuales no ha sido aún estudiado en profundidad por los historiadores argentinos.

CONTRATACION DE LOS ALEMANES

En infinidad de notas referidas a la batalla que determinó el final de la Federación, hemos leído acerca de los mercenarios alemanes que actuaron para las fuerzas del Ejército Grande del general Urquiza, aunque careciendo de mayores especificaciones, aún en las obras más encumbradas de la materia. Se acepta, por lo general, que esos alemanes vinieron a ensangrentar una lucha fratricida y regresaron a sus pagos europeos.

Hay una certeza, y es que el contingente de mercenarios germanos, compuesto, según estimaciones, por entre 4 y 6 mil personas, desembarcó del vapor de la escuadra brasileña Emperador el 4 de octubre de 1851, cerca de Cerro [1], Uruguay, ubicándose, dentro del dispositivo, bajo las órdenes de los ejércitos del Imperio del Brasil.[2] Estuvieron apostados como infantes y artilleros del Ejército Grande, algo parecido a lo ocurrido en 1827 cuando la batalla de Ituzaingó, donde numerosas fuerzas germanas fueron contratadas para enfrentar al Ejército en Operaciones que estaba al mando del comandante general Carlos de Alvear.

Mayores precisiones sobre la composición de estos alemanes –a los que, en su tiempo se denominarán ‘prusianos’-, la da el historiador militar Claudio Moreira Bento, quien también fundó y presidió la Fundación de Federaciones de Academias de Historia Militar de Brasil (FAHIMTB, en sus siglas en portugués). En su trabajo O imigrante alemão e descendentes na historia militar do Rio Grande do Sul, infiere que “(…) en la Guerra contra Oribe y Rosas, el Brasil contrató una Legión Prusiana (…) compuesta de 1 Regimiento de Infantería, un Regimiento de Artillería y dos compañías de Pontoneros”, y que al concluir la campaña en Caseros sus componentes se radicaron en Río Grande do Sul, donde se mezclaron con la población nativa, originando una pujante colonia de descendencia alemana.

Historia en la página 6 de su documentado trabajo, que los alemanes mercenarios se contaban en 1800 personas, y que procedían de la “desmovilización del Ejército del condado de Sheleswig-Holstein que fuera organizado para guerrear a Dinamarca”.

División de Alemanes, Legión Prusiana o, simplemente, mercenarios alemanes, fueron algunos de los modos de llamara estos uniformados contratados por el Imperio de Brasil para luchar contra Rosas entre 1851 y 1852.

División de Alemanes, Legión Prusiana o, simplemente, mercenarios alemanes, fueron algunos de los modos de llamar a estos uniformados contratados por el Imperio de Brasil para luchar contra Rosas entre 1851 y 1852.

En el barrio montevideano de Cerro acamparon los alemanes junto a tropas mercenarias de otras nacionalidades y extracciones.[3] Se dice estaban bajo el mando de un coronel apellidado Pimentel, del cual casi no se tienen referencias biográficas. Sin embargo, a poco del choque de armas en los pagos de Caseros -3 de febrero de 1852-, los alemanes, que se hallaban estacionados en Colonia, habían sido sobornados para pelear a favor de Juan Manuel de Rosas.

Lo último expresado –el soborno- tiene por fuente una carta que Antonino Reyes[4] le enviara al Dr. Adolfo Saldías, desde Montevideo, Uruguay, el 27 de agosto de 1887, en la que le cuenta sobre las reuniones secretas que Rosas mantuvo en San Benito de Palermo con los oficiales de dicha división de alemanes por diciembre de 1851. Esa misiva deja al descubierto el espionaje practicado por el Restaurador de las Leyes, instancia de la que algunas veces se ha hablado pero pocas veces probado.

Según se lee, la “División de Alemanes” estaba “situada en la Colonia (del Sacramento)” en 1851, y hasta allí se fueron los agentes federales “para desorganizarla y hacerla venir a Buenos Aires, toda o en parte de ella…”. El número de efectivos contratados que componían tal división oscilaba “de cinco a seis mil alemanes”, le dice Reyes a Saldías, pero sin especificar quién estaba al mando de la misma. De haberse podido salir con la suya los altos mandos del Ejército Grande de Urquiza, los germanos hubieran atacado Buenos Aires y haciendo retroceder a Rosas con la tropa que él había reunido en el Palomar de Monte Caseros, donde, por otra parte, serían emboscados por el grueso de las otras fuerzas del entrerriano.

Antonino Reyes nombra a “un francés M. Mañei o Mañá” que se vino hasta Palermo para convenir el paso de los mercenarios alemanes a las fuerzas del Restaurador, organizando, para ello, una reunión secreta entre varios oficiales de la división germana con el Gobernador Rosas, lo que fue convenido “bajo buenas condiciones”. Es muy interesante saber que esos oficiales arribaron a San Benito de Palermo disfrazados, pues de haberse delatado su presencia en el epicentro de la política porteña grande hubiese sido el escándalo y mayor la difusión que la prensa habría hecho de ello.

A todo esto, la ultimación de los detalles del acuerdo secreto le fue encargada a Antonino Reyes durante el último mes de 1851. No había tiempo casi. No obstante, Reyes le afirma al padre del revisionismo criollo que hubo alrededor de 2 mil alemanes que iban a embarcar para Buenos Aires a través del vapor de Guerra La Merced, nave insignia desde que ha sido la primera en su tipo en nuestras aguas.[5]

Como se sabe, La Merced estaba bajo el mando del coronel de Marina Álvaro José de Alzogaray. El secretario Reyes sostuvo en la misiva de 1887, que la embarcación estaba siendo reparada en El Tigre, por lo cual se le dio un plazo no mayor a tres días para su puesta en valor. Para apurar los trabajos de restauración, “se le aumentaron operarios para que pudiera estar listo en el plazo dicho y se hizo traer todo cuanto precisaba”, afirma Reyes.

Todo se planificó con tanto sigilo, que “Ni el Comandante Alzogaray ni los oficiales que iban, conocían el objeto de esta expedición”. La Merced fue reparada y salió hacia su acción de espionaje. Metió proa

“hasta la Punta de los Olivos de donde debía atravesar a la Costa Oriental a tomar a su bordo la tropa citada [los alemanes] acompañándolo también 25 a treinta grandes balleneras que debía llevar a remolque.” 

Rosas había dado la orden, de que en medio de la misión se le iba a pasar el mando de La Merced al agente francés que, unos días antes, había parlamentado secretamente con el Restaurador en Palermo. Incluso, podía hasta “echar a pique el buque si así lo mandaba”. Por si fuera poco, de salir exitosa la operación hasta se contemplaba la toma de una corveta de Guerra del Imperio del Brasil que tenía su puesto de observación “en los Pozos”. Y, en caso de fallar la misión, también estaba contemplada la salida de La Merced y las balleneras “sobre el gran Banco donde para ser perseguidos correrían el riesgo de varar los vapores mencionados por su gran calado”. Y sobre aquella geografía –el gran banco-, se apostaron, casi invisibles, “chalanas grandes” para trasbordar a los mercenarios procedentes de Alemania y conducirlos “a la costa aligerando al Vapor”.

Vapor de Guerra "La Merced". Fue el primero de su tipo en la historia de nuestra nación. Su comandante fue el coronel de Marina, don Álvaro José de Alzogaray. Cuadro del pintor J. R. Silveyra, circa 1851.

Vapor de Guerra “La Merced”. Fue el primero de su tipo en la historia de nuestra nación. Su comandante fue el coronel de Marina, don Álvaro José de Alzogaray. Cuadro del pintor J. R. Silveyra, circa 1851.

En el tramo final de la carta de 1887, explica Antonino Reyes que, cuando ya estaban todos los detalles ultimados para comenzar la operación, “se me llamó con instancia” al vapor La Merced, donde

“al subir a bordo se me presentó el Comandante Alzogaray acompañado del Maquinista, diciéndome que el Vapor no podía andar, que la máquina estaba entorpecida en su movimiento y el maquinista que no se atrevía a hacerlo marchar porque no respondía de lo que podía suceder.”

Esto reportó, sin dudas, una enorme decepción para los planes tácticos y estratégicos de Juan Manuel de Rosas en su afán de resistir el avance de Justo José de Urquiza y la coalición de ejércitos internacionales que lo escoltaban. Pero, además, deja entrever Antonio Reyes algunas dudas respecto de si no existió la mala intención de inutilizar todo el trabajo u operativo “echando un perno en el cilindro para inutilizar la marcha”.  En el anteúltimo párrafo, Reyes revela lo siguiente al Dr. Saldías:

“Este hecho no quedó oculto para mí como debe Ud. suponerlo, por haberme declarado el maquinista quién era el autor [de que no funcionara la máquina del vapor], lo que no quise poner en conocimiento del Gobernador [Rosas] porque estaba cierto del castigo ejemplar que recibiría y como fatalmente recala esta culpa en persona que yo estimaba y comprendía perfectamente el móvil que lo había inducido a proceder así, quizás sin medir las consecuencias, tuve que hacerme ignorante de todo y dejar correr este incidente que felizmente pasó sin examen ni prevención alguna.”

¿Defeccionó, acaso, el coronel de Marina Alzogaray? Puede ser, aunque Antonino Reyes se llevó el secreto a la tumba. Así se hubo de perder una acción que, en medio de los aprontes, hubiese significado una desmoralización para los jefes y tropa del Ejército Grande que, al fin de cuentas, venció en Caseros y torció el rumbo de la Argentina.

En el ataque final contra Rosas, en Monte Caseros, unos 80 tiradores mercenarios alemanes dispararon sin cesar con sus entonces modernos fusiles ‘de aguja’ Dreyse, los cuales fueron incorporados al arsenal de Prusia en 1841. Quienes respondieron contra estos europeos fueron los artilleros federales, entre ellos el coronel don Martiniano Chilavert. La efectividad del fuego mercenario hizo que, al abrirse el flanco de los artilleros, luego de que éstos se quedaron sin municiones, arremetieran a todo galope los soldados de caballería brasileños pertenecientes al 2º Regimiento de Caballería del Imperio del Brasil, que estuvo mandado por el teniente coronel Manuel Luis Osóno.[6]

De este modo ruin, Justo José de Urquiza mandaba matar argentinos federales con armamentos y hombres extranjeros, táctica que los regímenes liberales triunfantes continuaron adoptando en la Guerra del Paraguay, de donde también se tienen noticias de alemanes que, allende los mares, vinieron a matar el orgullo paraguayo-guaraní.

LA DIVISION DE AQUINO 

Este cuerpo fue nombrado indistintamente como regimiento, división o batallón, siendo correcto, en verdad, el segundo de los términos mencionados. Aplicando el rigor de la historia, su nombre originario fue División Granada, que luego trocó en División Aquino.

El hecho por el cual fue conocida, esto es, la sublevación de la tropa que la componía, aconteció a las 20:30 PM del 10 de enero de 1851 en El Espinillo, paraje ubicado en las afueras de la localidad de Pergamino, y el cabecilla fue el sargento mayor José Aguilar. Éste reunió 20 milicos más, todos los cuales fueron al lugar donde descansaba el renombrado coronel León Aquino [7], a quien dieron muerte a lanzazos. Otros heridos de muerte fueron el sargento mayor Bravo –ayudante de Aquino- y el ordenanza sargento Elgueta.

Única estampa conocida del malogrado coronel Pedro León Aquino, jefe de la División de su nombre, de tanta crónica y sangría en los tiempos de la caída de Rosas.

Única estampa conocida del malogrado coronel Pedro León Aquino, jefe de la División de su nombre, de tanta crónica y sangría en los tiempos de la caída de Rosas.

Con sus propias manos el sargento mayor Aguilar degolló al sargento mayor Lizarde, quien se había presentado con un escuadrón a su mando para sofocar la intentona. En el desbande, lograron escapar el comandante Ponce, el mayor Vázquez, el alférez Novoa y el jefe del detall Carlos Terrada, que luego de ser maniatado y aprontado para el degüello, en un momento dado, y de modo providencial, su asistente logró salvarlo del trance.

Quien halló el cadáver del coronel Aquino fue el coronel Bartolomé Mitre, quien iba acompañado de Carlos Forest, capitán y ayudante suyo. El coronel de Caballería, Manuel Urdinarrain, dispuso el avance de tres escuadrones para intentar dar con los desertores, sin lograrlo.

Fue a las 6 de la mañana del día siguiente, 11 de enero, que se le dio sepultura a los asesinados. Manuel Hornos recibió la orden de Urquiza para perseguir a los hombres del sargento mayor Aguilar. Esta búsqueda obtuvo algunos apresamientos, pero no los suficientes. Quienes luego morirían por las balas del pelotón de fusilamiento, y cuyos cuerpos serían exhibidos para escarmiento de todos en los árboles de San Benito de Palermo, alcanzaron los Cuarteles de Santos Lugares; Rosas los saludó con júbilo.

Concluida la batalla de Caseros, el 3 de febrero de 1852, el sargento mayor José Aguilar vio el ocaso de modo horrible: las tropas urquicistas lo declararon traidor, lo fusilaron por la espalda y su cuerpo inerme lo colgaron de los pies en las afueras del ex palacio San Benito de Palermo.

Por Gabriel O. Turone

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Imagen de portada: Dibujo del solar de Diego Caseros, hecho por el calígrafo y dibujante vasco-francés Juan Manuel Besnes e Irigoyen. En el epígrafe de la iconografía, se lee: “Vista de la casa llamada Monte Caseros de la parte N[orte]”, realizada el 13 de abril de 1852, y cuyo original se conserva en la Biblioteca Nacional de Montevideo, Uruguay.

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Bibliografía:

  • Archivo General de la Nación; Archivo Saldías, legajo 1870-1888. Original.
  • Revista trimestral de historia argentina, americana y española, Año V, Nº 15, Editorial Theoría, Enero-Marzo 1959.
  • Moreira Bento, Claudio. “O imigrante alemão e descendentes na historia militar do Rio Grande do Sul”, FAHIMTB/IHTRGS, 2000.
  • Partes de Batalla de las Guerras Civiles, 1840-1852, Tomo III, Introducción, recopilación y notas de Julio Arturo Benencia, Academia Nacional de la Historia, Buenos Aires, 1977.

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Referencias:

[1] Se refiere al barrio Cerro de la capital Montevideo, sobre la costa oeste de la Bahía de Montevideo.

[2] Importa aquí el testimonio del capitán de Marina Lorenzo Mayer, oficial que tuvo la posibilidad de regresar a Buenos Aires, procedente del Cerrito, luego que Manuel Oribe rindió el Sitio de Montevideo entre el 7 y 8 de octubre de 1851 y ante Urquiza, donde dice que los mercenarios alemanes estaban junto a “serviles esclavos degradados Brasileros” en una división. (Declaración del capitán de Marina Lorenzo Mayer, 15-X-1851 y de su asistente Marcelino Cabral, 16-X-1851, en Partes de Batalla de las Guerras Civiles 1840-1852, Tomo III, página 450.)  

[3] También había tropa de origen colombiano e italiano.

[4] Tuvo varios títulos de importancia en el aparato militar de la Santa Federación, entre ellos la de ser integrante de la Secretaría de Rosas y Jefe Militar de los Cuarteles de los Santos Lugares, que estaban ubicados en el actual Partido de General San Martín, en la Provincia de Buenos Aires.

[5] Esta nave a vapor tenía entre 25 y 30 chalanas, las cuales serían utilizadas para el desembarco de los mercenarios alemanes que prestaban su servicio a la Federación.

[6] Moreira Bento, Claudio. ““O imigrante alemão e descendentes na historia militar do Rio Grande do Sul”, página 6.

[7] Su nombre completo era Pedro León de Aquino y Gainza, quien había nacido en la provincia de Corrientes en 1812, siendo, además, veterano de la Guerra contra el Brasil (1825-1828). Existe una sola obra biográfica suya, escrita por su descendiente Susana de Aquino Leguizamón en 1977.

Prensa JR
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