TEORIA DEL ESTADO, por Ernesto Palacio

TEORIA DEL ESTADO, por Ernesto Palacio

Prólogo

Los problemas que plantea la acción práctica nos llevan a la búsqueda de antecedentes. La consideración de los antecedentes, por vía comparativa, nos conduce al descubrimiento de ciertos principios generales. He aquí cómo un político se convierte en filósofo.

Este propósito no es incompatible con una gran fe y con una gran esperanza. Pero la fe no pierde nada con ser lúcida, ni la esperanza disminuye en fervor cuando trata de encuadrarse en los límites que la realidad impone.

Lo dicho indica que me encuentro en el polo opuesto de esa concepción heleiana según la cual lo que ocurre tiene necesariamente que ocurrir y es lo mejor por ser necesario. La marcha de la historia no es un puro azar, sino que depende de la inteligencia y la voluntad de quienes en ella actúan. La política es el arte de lo posible. Las ocasiones históricas pueden aprovechar, desperdiciarse o frustrarse. Ningún esfuerzo por comprender es estéril, puesto que el buen obrar surge del juicio certero. Una advertencia o una acción oportunas pueden cambiar el curso de acontecimientos que, contemplados superficialmente, parecerían fatales.

Era natural que aquel interrogante sobre nuestro destino concreto buscara su respuesta en la filosofía y en la historia. Y que se transformara en preguntas de carácter más general: ¿Cuáles son las causas del triunfo y de la grandeza? ¿Cuáles son las causas delf fracaso?

Es lo que pretendo contestar en el presente ensayo, que trata de los principios generales de la ciencia política en un plano que trasciende a toda posición doctrinaria concreta, puesto que señala soluciones aplicables a cualquier país y a cualquier situación histórica.

Acaso el título Teoría del Estado parezca presuntuoso, para un libro de tan escaso volumen, a quienes se hallan habituados a encontrarlo en las obras exhaustivas de los juristas, compuestas de varios tomos con abundante legislación comparada. Pero me complace reivindicarlo para un ensayo de ciencia política, que es realmente una teoría del Estado: no podría ponerle otro título sin violentar su intención y su contenido. Por lo que hace a la calificación de “ciencia política”, me remito a las páginas preliminares de la History of the Science of Politics, de Sir Frederick Pollock, y a los Elementi di Scienza Politica, de Gaetano Mosca, cuyos argumentos me parecen lo suficientemente persuasivos para desvirtuar todas las objeciones.

Un esbozo de la doctrina aquí expuesta fue desarrollado por mí en una conferencia que pronuncié en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, a mediados del año 1948, bajo el título de Realismo Político. Los capítulos III, IV y V, tal como aquí aparecen, se publicaron en la “Revista” de la misma Universidad en la entrega correspondiente a octubre-diciembre de 1948.

Si este ensayo provocara un renovado interés por el estudio de los problemas teóricos de la política, en estos momentos en que la acción se resiente de anemia doctrinaria, habría logrado su principal objetivo. No pretendo poseer una panacea, sino aportar al debate una serie de ideas útiles, apoyadas en una intuición que considero fecunda en posibilidades. Creo que su lectura puede resultar beneficiosa. En última instancia, si fracasa como lección, quedará como testimonio.

Diré, para concluir, que si debo mucho a las enseñanzas de los maestros y pretendo situarme dentro de una tradición determinada de pensamiento político, este trabajo se nutre en gran parte de mi experiencia personal. Como escribiría el poeta el Arte de amar: “usus opues movet hoc”. No es inoportuna esta cita, puesto que de un arte de amar se trata cuando la política se emprende como milicia patriótica, como consagración de todas las potencias de la voluntad y el intelecto al servicio de la causa pública.

XI

CONCLUSIONES

1. Al finalizar este ensayo, en el que creemos haber señalado con suficiente claridad las condiciones que aseguran eficacia y estabilidad a la acción política, así como las que producen resultados contrarios por implicar la violación de un orden natural ineludible, vemos la necesidad de dejar establecidas las conclusiones generales que se desprenden de la tesis sustentada en su aplicación a la realidad política concreta, y también – para prevenir objeciones posibles – la de dilucidar algunos puntos de doctrina que, por exigencias del razonamiento, no cabían en el desarrollo del texto anterior. Lo haremos en este capítulo.

Si se reconoce como un resultado cierto de la ciencia política que la estabilidad de los gobiernos, con el consiguiente beneficio común, proviene de la existencia de una clase dirigente legítima (en el sentido que más adelante se explicará), se plantea necesariamente un problema de educación de dicha clase. Hemos dicho que ella debe ser representativa y que ha de encarnar la tradición cultural de la colectividad. Todo esto supone lo contrario de la espontaneidad y la improvisación, pues sólo pueden provenir de una voluntad eficazmente orientada hacia la comprensión de las aspiraciones y modalidades colectivas, de una experiencia viva y de un acopio suficiente de nociones sobre el arte de gobernar. La clase dirigente, para ser tal, debe ser una clase educada.

Para quien haya leído las páginas anteriores, sobre todo las relativas a la incompatibilidad entre el temperamento especulativo y el práctico, resultará innecesario insistir en que de ningún modo queremos insinuar que la sociedad política deba ser dirigida por los llamados “intelectuales”. La sociedad política debe estar dirigida por los políticos. La educación que éstos requieren no consiste en asimilar las nociones que posee un filósofo o un humanista (por más que ellas no estorbarían para la acción, sino al contrario); consiste simplemente en llegar a adquirir la suma de conocimientos necesarios para acertar en la acción, y que en parte pueden obtenerse por la experiencia gradual. Esta idea de que para actuar en política, y sobre todo en funciones dirigentes, hay que saber algo, acaso choque con cierta ilusión democrática según la cual puede cualquiera ser apto para cualquier puesto porque el saber político es saber infuso: ilusión que, como otros errores del mismo tipo, suelen los pueblos pagar con sangre. Pero ella está corroborada por la tradición común de la humanidad y por la experiencia de las grandes culturas, para las que fue siempre un problema vital el de la educación del príncipe y de quienes debían secundarlo en la acción de gobierno.

Parece ocioso recordar el caso de Alejandro el Grande, discípulo de Aristóteles; el de César, impregnado de toda la sabiduría de su tiempo; el de los delfines de Francia, educados por Bossuet y Fenelón; las reglas para la formación de los caballeros, según las expone Montaigne en su ensayo famoso. Basta recorrer la historia para encontrar en todo su curso (y con particular acentuación durante sus épocas más esplendorosas) la permanencia de esa idea, consistente en poner a quien debía mandar en contacto con las mejores esencias espirituales de su tiempo. Por lo que hace al pueblo romano, político por excelencia, además de educar a sus ciudadanos especialmente para la actuación pública, implantó la institución del cursus honorum, según la cual nadie podía llegar a las magistraturas superiores sin haber desempeñado antes las inferiores, lo que aseguraba en los gobernantes una suma de experiencia proporcional a la magnitud de las responsabilidades. No obstante la difusión de ilusiones como la que hemos señalado más arriba, esa idea no se desechó en la época contemporánea, sino que tomó otra orientación: puesto que se aceptaba la soberanía del pueblo y el pueblo era, en su mayor parte, indocto, había que “educar al soberano”. Fórmula esta que se tradujo en la difusión de la enseñanza primaria, insuficiente, por cierto, para la formación de gobernantes esclarecidos.

 

2. Ya hemos explicado antes que la opinión según la cual los dirigentes serían el resultado de una selección hecha por la entidad “pueblo” en su propio seno, por un movimiento de abajo hacia arriba, no pasa de ser una mera ficción. La verdad es que los dirigentes políticos se elevan por su energía propia e imponen el correspondiente acatamiento, de arriba hacia abajo, y que el pueblo los “elige” después que se han impuesto. El problema de la educación de la clase dirigente, como tal continúa en términos tan actuales como en los tiempos de la nobleza hereditaria. Y no es aventurado atribuir al oscurecimiento de la conciencia pública sobre este problema una gran parte de la inestabilidad y el malestar que aquejan a la política de muchos Estados contemporáneos.

No hay que olvidar, empero, que los valores políticos se manifiestan y se imponen en la acción. Así como ninguna educación académica, por más completas que se supongan las nociones que imparta, puede crear valores políticos allí donde faltan la vocación y la aptitud natural, así tampoco las ideas falsas ni la desvinculación consiguiente de la tradición cultural colectiva pueden impedir la manifestación de los valores políticos reales, cuando éstos existen con fuerza suficiente para sobreponerse a las dificultades del medio. Pero privados de esa atmósfera de solidaridad espiritual que vincularía su esfuerzo a las aspiraciones de la sociedad en que actúan, y que sólo puede provenir de la comunión en determinados principios – consecuencia a su vez de una educación correspondiente a una determinada tradición de cultura – , suelen verse obligados a actuar en forma incompleta y abortiva, dentro de perspectivas que no alcanzan a abarcar en su totalidad, presas de intereses de círculo o de campanario, condenándose así, en suma, a la mediocridad y a la frustración. Puede concebirse,  y de hecho se ve todos los días, el político temperamental y espontáneo, con posibilidades incluso de éxito local y efímero. No puede concebirse, en cambio, y no se ha visto jamás en la historia, el hombre de Estado que no sea, a la vez que un gran temperamento natural, un producto de cultura.[1]

Sería interesante – aunque sobrepasaría la intención de este ensayo – estudiar la declinación del concepto de la política en el ochocientos liberal y burgués, bajo la influencia preponderante del gran capitalismo: desde la idea del Estado mero “gendarme”, hasta la subestimación de la actividad política, designada con un retintín peyorativo y considerada como subalterna, cuando no maléfica. Basta con señalar el fenómeno, bajo cuya vigencia la simple opinión sobre la necesidad de una clase dirigente política resultaba anacrónica. La realidad logró, no obstante, sobreponerse a los errores circunstanciales por la permanencia de partidos históricos, obedientes a influencias intelectuales poderosas y bajo la conducción de jefes de fuste, y mediante la experiencia de las luchas internas para la selección de los valores, completada por la actuación burocrática, parlamentaria y periodística de las personalidades dirigentes. Así se formaron, en Inglaterra y en Francia, por ejemplo, poderosas clases políticas, con un reclutamiento razonable del personal, por lo cual configuran verdaderas aristocracias abiertas al mérito, que conjugan una estabilidad a prueba de sorpresas con un margen razonable de renovación. La burocracia de carrera constituyó, por lo demás, una escuela insustituible y una fuente inagotable de experiencia, capaz de producir verdaderos hombres de Estado, como Sergio de Witté, cuya acción salvó a Rusia en 1905.[2]

 

 

3. De lo antedicho se desprenden las dos condiciones necesarias para le surgimiento de una clase dirigente legítima, no sucesivas, sino simultáneas, aunque se traten sucesivamente por la claridad de la exposición.

a) Debe haber, ante todo, una real selección de valores. Los valores políticos, valores de acción, se manifiestan en la lucha; por consiguiente, hay que verlos en ella. La garantía de vitalidad de un movimiento político, de una política nacional, consiste en la posibilidad de que tomen su conducción quienes lo merecen, sin interferencias gubernamentales o plutocráticas ajenas a los intereses de los contenedores. Así como la nobleza hereditaria degeneró cuando dejó de reclutarse por los méritos guerreros y se hizo cortesana, los partidos políticos se debilitan cuando el personal dirigente se selecciona por el favor de los círculos gubernamentales o financieros y no por el prestigio real que se logra en la lucha. Es la historia de muchos partidos liberales europeos, que provocaron reacciones totalitarias por su sometimiento a intereses industriales o bancarios que se arrogaban la facultad de designar o vetar los candidatos de las fuerzas políticas obedientes a su influjo. Con lo cual se repetía, dentro de la democracia ficticia, el fenómeno decadente de las aristocracias cortesanas cerradas al mérito e incursas, por tanto, en usurpación.

b) Los valores políticos, para ser representativos, han de responder de manera eminente a los influjos de carácter moral e intelectual predominantes en la colectividad, o sea a una tradición cultural, encarnada en sucesivas personalidades cuyo pensamiento o acción hayan dejado su marca en la mente colectiva. En la época actual, a raíz del oscurecimiento a que aludimos de las nociones sobre el problema vital de la política, con la inherente ineducación de los ciudadanos, ese resultado se obtiene únicamente por la permanencia de los partidos tradicionales y la militancia en ellos: tanto mejor cuanto más pronunciado sea el sentido de la historicidad, de la prolongación en el tiempo, con la consiguiente carga afectiva y el arsenal de mitos simpáticos que obran poderosamente sobre la imaginación popular, independientemente de las formulaciones doctrinarias circunstanciales. Cualquier política que no quiera abortar en mera ideología condenada al fracaso debe comprender la circunstancia elemental de que los movimientos políticos pueden renovarse, pero no improvisarse; que la política consiste en realizar una etapa en la historia; que no puede aspirar al futuro lo que no se enraíza fuertemente en un pasado.

No debe pasarse por alto el hecho de que el movimiento obrero contemporáneo, en sus sectores revolucionarios, utiliza las enseñanzas de la ciencia política en su preparación para la toma del poder. Además de una acertada utilización de los precedentes históricos, en forma de mitología laudatoria de la acción insurreccional como una lucha permanente de oprimidos contra opresores, muestran una conciencia clarísima de la necesidad de la conducción revolucionaria por una minoría esclarecida, “vanguardia del proletariado” en procura de la conquista del poder. Lo que sabemos de la Rusia comunista nos muestra en ella la dominación de una verdadera aristocracia obrera. Y es notorio en sus doctrinarios el abandono cada vez mayor de las ilusiones románticas referentes a la presunta insurrección de las multitudes y la adopción correlativa de nociones exactas sobre la necesidad de educar a una minoría dirigente en los secretos de la acción política y en los problemas del gobierno. No es aventurado atribuir a este fenómeno de madurez intelectual la superioridad que muestran dichos sectores en la lucha por sus principios, frente a los llamados partidos democráticos, en franco trance de declinación intelectual y moral.

 

4. Diremos algunas palabras con respecto a un error muy difundido, según el cual las condiciones de la vida política habrían cambiado sustancialmente en la época actual, mediante el reemplazo de la política de minorías – característica del inmediato período liberal y burgués – por la política de “masas”.

Quien haya leído este ensayo hasta aquí se hallará en condiciones de calificar dicha concepción dentro del arsenal de ficciones más o menos útiles que constituyen la mitología política, horra de todo contenido real. No hay posibilidad física ni moral de una política de masas, porque las masas, como tales, carecen de voluntad activa y sólo pueden ser objeto y no sujeto de poder; de tal modo que la traducción realista de la expresión sería una política de conductores de masas, es decir, de cesarismo.

No puede negarse que ésta sea una de las notas características de la actualidad mundial y que el fenómeno se vea facilitado por las comunicaciones, la radio y, en suma, por el conjunto de factores que Karl Mannheim designa como una “nueva técnica social” de propaganda y manejo de la opinión.[3] Se engañaría mucho, no obstante, quien pretendiera atribuir a esta situación histórica circunstancial carácter definitivo, como si se tratara de una meta histórica, del proceso final de la civilización, en que las masas dictarían permanentemente la ley y quedarían definitivamente excluidas las minorías de todo poder y toda influencia,

Para una concepción realista de la política, dicho fenómeno contemporáneo no puede ser sino la consecuencia del agotamiento del régimen liberal burgués, así como el instrumento político de la revolución mundial contra el sistema capitalista. El desarrollo de esta afirmación nos apartaría demasiado de nuestro tema, por lo cual nos limitamos a enunciarla. Lo que se llama hoy política de masas no es un fenómeno nuevo en la historia, y la analogía de lo que hoy ocurre con los comienzos del Imperio Romano, por ejemplo, es un lugar común en la obra de los sociólogos e historiadores. Es razonable suponer que, de acuerdo con la ley de variación que hemos estudiado, a un período de cesarismo, de autoritarismo, de “masas”, suceda otro de liberalismo y de influencias minoritarias (en el sentido lato de todas estas expresiones), como de hecho ocurrió dentro del mismo Imperio Romano, con las eventuales reacciones de la autoridad senatorial y el “régimen mixto”, bajo los Flavios y los Antoninos. Durante todos estos procesos, según la doctrina que hemos desarrollado, más que la realidad de la distribución del poder está en juego la vigencia de determinados principios. Lo que en definitiva constituye la garantía de permanencia de un régimen y la continuidad de una cultura radica en la existencia de una clase dirigente legítima, que puede actuar bajo cualquier sistema formal, como lo demuestran los ilustres ejemplos históricos que hemos traído a colación en los capítulos anteriores.

En rigor, puede decirse que el agotamiento o el fracaso de determinado principio provoca el auge de su contrario. La situación actual de Europa, después de la derrota del Eje, parece mostrar un recrudecimiento del espíritu liberal, especialmente acentuado en los países que vivieron bajo regímenes de dictadura.

Debemos agregar, para completar la referencia a la revolución actual contra el sistema capitalista (y aunque ello nos aparte del tema preciso de este ensayo), que parece muy probable que, así como la nobleza hereditaria fue reemplazada por una clase dirigente burguesa, ésta deba ceder su lugar a una clase dirigente de origen proletario. Si se tienen en cuenta las condiciones enunciadas para el acceso al poder, llegaremos a la conclusión de que ello será posible, no por el mero hecho del origen, sino por la evidencia de la capacidad. No porque los pretendientes al poder sean o hayan sido obreros, sino porque signifiquen valores políticos reales, surgidos de la lucha y entroncados con la tradición cultural colectiva. Las clases dirigentes no se determinan por la extracción social de sus miembros, sino por su percepción de las realidades y por las reservas de inteligencia y voluntad que ponen al servicio de la causa pública.



[1] Ver las páginas finales del ensayo de Ortega y Gasset sobre Mirabeau en Tríptico (Espasa-Calpe).

[2] A. Gorovtseff: Les Révolutions, Alcan, París, 1930.

[3] Diagnosis of our time

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