MARTIRES Y BENEMERITOS DE LA PATRIA: MARTIN DE SANTA COLOMA, GERONIMO COSTA Y RAMON BUSTOS

MARTIRES Y BENEMERITOS DE LA PATRIA: MARTIN DE SANTA COLOMA, GERONIMO COSTA Y RAMON BUSTOS

Este trabajo pertenece a Prudencio Martínez Zuviría, descendiente de patriotas federales y sobrino del eximio pensador católico y escritor revisionista don Gustavo Martínez Zuviría. Él nos dio permiso para publicarlo, lo cual hacemos solamente con pequeños arreglos sintácticos que no modifican la sustancia del mensaje y los conceptos vertidos en él. Como el trabajo no tenía un título acorde, le hemos colocado uno que no es, por lo dicho, el original.

La muerte de estos mártires y beneméritos de la patria fue terrible, sanguinaria, cobarde y cruel, pero especialmente la del señor coronel don Martín de Santa Coloma, es de lo más ruin y cobarde. Finalizada la batalla de Caseros un grupo de soldados entrerrianos, buscaron al coronel Santa Coloma y al grito de acá está el coronel Santa Coloma, lo arrastraron de los cabellos, lo maniataron y lo dejaron estaqueado al sol. Cada tanto los guardias le escupían, lo insultaban y lo golpeaban, pero no lo mataron. Sabían que Urquiza lo andaba buscando.

A la mañana siguiente, el general Urquiza envió la orden de su ejecución por escrito: “Lo degollarán por la nuca”.

Inmediatamente se dio cumplimiento a la condena. La tropa se formó en círculo alrededor del coronel mazorquero bañado en sudor, sangre y bosta que le arrojaban a su paso.

Como más de uno quería ajusticiarlo, echaron a la suerte de las tabas quién sería el verdugo. El ganador fue el negro Martínez, paisano de Gualeguaychú, bizco y picado de viruela, con fama de cuchillero. El negro Martínez se sacó la blusa punzó y se ató la melena con una vincha. Despacio se acercó al coronel, como un carancho a su víctima. Con la zurda tomó del cabello al coronel Santa Coloma, que a esa altura era una masa informe. Apenas opuso resistencia. Martínez con un movimiento rápido sacó el facón del cinto.

El coronel se estremeció. “Quieto”, le dijo el negro Martínez, apretando las rodillas contra el cuerpo que temblaba espasmódicamente. Después calculó el golpe que, lento y preciso, cayó sobre la nuca de Santa Coloma. El cuchillo fue dibujando un surco rojo sobre el cuello pálido del coronel.

El negro Martínez, conocedor del oficio, lo contuvo con sus muslos, mientras con deliberada torpeza prolongaba el sufrimiento del mazorquero. La sangre salpicó el torso del verdugo; un líquido caliente y viscoso recorrió su cuerpo. El coronel gritaba, hasta que su propia sangre ahogó sus quejas.

De un golpe brutal, el negro Martínez arrancó de cuajo la cabeza del coronel, que siguió gesticulando por un largo rato mientras la tropa gritaba excitada por el espectáculo. El negro la alzó como un trofeo y la sangre de su víctima, roja y brillante, corrió por sus brazos. El cuerpo cayó pesadamente, desarticulado por la macabra danza de la Refalosa. Cansado por el esfuerzo, Martínez arrojó la cabeza cerca del cuerpo sin vida del mazorquero.

Ya los perros cimarrones y los chimangos se disputaban lo que quedaba del coronel Santa Coloma, cuando un caballero de levita y galera llegó al paso, preguntando por el oficial del regimiento. Éste se hizo pronto. Algo urgente debía traerlo a este señor, dispuesto a desafiar el agobiante calor del verano porteño con semejante atuendo.

-Permítame presentarme, oficial. Soy Juan Francisco Seguí, secretario del general Urquiza y traigo una carta del general para que me entregue al coronel Santa Coloma.

-O lo que queda de él –contestó el oficial, devolviendo la carta y señalando una masa informe arrojada a la vera del camino.

Francisco Seguí se apeó y caminó hacia el cadáver como hipnotizado, movido por una curiosidad morbosa. Los cuervos y caranchos volaron espantados por el hombre que avanzaba con cara de terror. Una nube de moscas cubría el cadáver, pero aún así entre el barro y la sangre coagulada reconoció el rostro de su amigo de la juventud. No pudo evitar sentir una bola de fuego que quemó su garganta. Seguí vomitó largamente sobre la furia desatada.

Entre el barro, la cobardía y el espanto terminó la vida del coronel Martín de Santa Coloma.

EL CASO DEL GENERAL GERONIMO COSTA

Con su permiso Señores, me voy a poner de pie al hablar de este caballero, de este Señor, soldado fiel a su patria y a don Juan Manuel de Rosas.

Valiente como pocos, supo hacer honor a su valor.

Fue teniente de Cazadores durante la guerra con el Brasil, y su valeroso comportamiento en los campos de Ituzaingó le valió el grado de capitán en el mismo teatro de esta acción.

En diciembre de 1828 se hallaba en Buenos Aires y se contó entre los oficiales que rechazaron sumarse al golpe de Lavalle contra Dorrego. En 1833 hizo con don Juan Manuel de Rosas la Campaña del Desierto, hasta el río Colorado, ostentando ya el grado de teniente coronel.

Costa era uno de los jefes de mayor confianza de Rosas. Lo confirma el hecho de que el gobernador bonaerense le confiara la defensa de la isla Martín García, bloqueada por la escuadra francesa en unión con una flotilla uruguaya. Con una pequeña fuerza que no alcanzaba a 100 hombres resistió intrépidamente al comandante Daguenet, que le exigió la entrega de la isla el 11 de octubre de 1838, al frente de una fuerza de casi 500 hombres. Después de hacer derroche de bravura durante casi dos horas de combate, Costa y su segundo, el mayor Juan Bautista Thorne, rindieron sus armas. Es conocida la comunicación de Daguenet al gobernador Rosas en que elogia la heroica conducta del argentino.

Daguenet reintegró las espadas a sus prisioneros, Costa y oficiales que lo acompañaban. El jefe francés en una nota enviada a Rosas el 14 de octubre de 1838 a bordo de la nave que lo condujo hasta Buenos Aires, expresó su admiración por “los talentos militares del bravo coronel Costa”, y por lo que calificaba de “increíble actividad”.

Peleó a las órdenes de Oribe en Quebracho Herrado y en Rodeo del Medio. Luego, se batió contra Rivera en Arroyo Grande e hizo toda la campaña del Estado Oriental.

Durante todo el sitio de Montevideo (1843-1851), revistó en el Ejército Federal sitiador. Y cuando Oribe acordó con Urquiza el arreglo del Pantanoso, en octubre de 1851, se negó a aceptar el pacto; se embarcó para Buenos Aires y se alistó en el ejército rosista. En Caseros peleó mandando el Batallón “Independencia”, cuya bandera llevaba en el centro esta inscripción: “Ni pide ni da cuartel”. La noche anterior había participado en la junta de Guerra que presidió el Restaurador.

El coronel Costa se exilió por algún tiempo, pero regresó a Buenos Aires a mediados de 1852. El 4 de agosto, Urquiza lo designó comandante de la Guardia Nacional de Infantería. No se adhirió en septiembre de ese año al movimiento liberal y fue de los jefes porteños que acompañaron a Urquiza a Entre Ríos. En diciembre se plegó al pronunciamiento federal de Hilario Lagos y efectuó operaciones militares en Chascomús contra el coronel Pedro Rosas y Belgrano, que avanzó desde el sur.

Después de levantado el sitio de Lagos, Urquiza lo nombró general en Jefe del Ejército del Norte, con asiento en Rosario; y desde esta ciudad preparó una invasión a la provincia de Buenos Aires, junto con Lagos, Cayetano Laprida, Baldomero Lamela y Juan Francisco Olmos. Ella se produjo en noviembre de 1854: unos 300 hombres avanzaron por entre San Nicolás y Pergamino, en marcha paralela al Paraná; pero a la altura de San Pedro, en el arroyo El Tala, el 8 de noviembre, Costa fue vencido por el ejército de Buenos Aires al mando del general Manuel Hornos. Después de esta campaña fracasada pasó al Estado Oriental.

En enero de 1856 dirigió una nueva invasión federal, por Zárate; pero el gobierno de Buenos Aires (encabezado por Pastor Obligado) reaccionó rápidamente. El coronel Esteban García (a) “El Gato” batió a los federales en Villamayor (el 31 de enero). El coronel Emilio Conesa tomó prisionero a Gerónimo Costa, y el 2 de febrero éste fue ejecutado por orden del gobierno, junto con otros compañeros.

Gerónimo Costa no tuvo ni siquiera un juicio previo; la pena de muerte había sido establecida por Decreto y antes de ser habidos los inculpados. Lo fusilaron el 2 de febrero de 1856 y su cadáver fue abandonado.

Los restos de Costa pudieron recibir sepultura gracias al empeño de doña Mercedes Ortiz de Rozas de Rivera, hermana de Don Juan Manuel y Prudencio Ortiz de Rozas, ambos amigos de Costa. El 24 de febrero de 1877, los restos de Costa fueron trasladados a La Recoleta por Lucio Victorio Mansilla.

Gran y querido amigo de mi familia materna, los Ortiz de Rozas, supo tener la amistad de mi chozno el general Don Prudencio Ortiz de Rozas, y particularmente de Don Alejandro Baldez y Rozas, hijo de una hermana de Don Juan Manuel y Prudencio llamada María Ortiz de Rozas, quien fuera su asistente y amigo durante mucho tiempo.

Su valentía, su patriotismo y su fidelidad a Don Juan Manuel de Rosas y a la causa federal, lo hacen ser un grande entre los grandes en la historia de nuestra querida patria.

Va aquí mi cariño y admiración a su magnífica y querida persona, como un homenaje de la sangre que llevo y que a través de los años no olvida la fidelidad ni la amistad de mis mayores al general Don Gerónimo Costa. Pasan los años y se agiganta la figura de este valiente soldado rosista, ejemplo de virtudes, caballero, buen militar.

EL DESENLACE DEL CORONEL RAMON BUSTOS

Como sabemos, Costa junto al señor coronel Don Ramón Bustos y otros más es alcanzado el 1º de febrero del año 1856 en el paraje conocido como Villamayor, partido de La Matanza, por el coronel Esteban García (a) “El Gato” por orden del gobernador provincial, y traidor al rosismo, Pastor Obligado.[1] Durante el rosismo, Obligado había sido secretario y consejero de Cuitiño. Costa y Bustos son alcanzados, en el encuentro muere en la pelea el coronel Don Ramón Bustos, un rosista leal, mientras que Costa es fusilado el día 2 de febrero de 1856. Algunas versiones decían que fue muerto innoblemente cuando se entregaba prisionero.

Los cuerpos de ambos fueron abandonados por la barbarie masónica-unitaria a la intemperie, y enterrados por la familia de Don Juan Manuel de Rosas, en esa ocasión la hermana del Restaurador, Doña Mercedes Ortiz de Rozas de Rivera, junto a sus sobrinos Lucio Victorio Mansilla y León Ortiz de Rozas (el hijo mayor del general Prudencio Ortiz de Rozas). Ellos se presentaron al gobierno a pedir los cuerpos abandonados de sus amigos muertos, Lucio Victorio el de Costa y León el de Bustos. Ambos fueron con carruajes propios y sacaron -como nos cuenta Mansilla- los cuerpos de entre el barro para amortajarlos, y en el mismo carruaje de Mercedes Rozas, la que pagó los entierros, fueron conducidos estos dos leales soldados federales rosistas al antiguo Cementerio de Flores.

Años después, el 24 de febrero de 1877 y bajo un sol radiante, el mismo Lucio Victorio Mansilla, sobrino de Don Juan Manuel de Rosas (León Ortiz de Rozas, su primo hermano, había muerto en marzo de 1871 por la fiebre amarilla en Buenos Aires) trasladó nuevamente los restos del general Costa y del coronel Bustos hasta su descanso definitivo en el antiguo Cementerio del Norte, hoy de La Recoleta, en donde se encuentran hoy en día.

Aquella jornada radiante y calurosa en un Buenos Aires en donde los odios contra el rosismo por parte de los liberales y masones perdidos en las tinieblas estaba en su esplendor, brilló el sol fuertemente en un día azul y límpido, como despidiendo a estos dos leales soldados federales en el antiguo Cementerio del Norte. Lo más llamativo de todo esto, es que dos meses después, es decir el día 24 de abril de 1877, eran enterrados en el mismo Cementerio del Norte los restos del coronel Esteban García (a) El Gato, quien fuera el vendedor de Costa y Bustos, y quien de una forma u otra les dio muerte.

Ante los amigos del general Costa y del coronel Bustos que concurrieron al Cementerio del Norte a despedir sus restos, el entonces Diputado Lucio V. Mansilla despidió al amigo y camarada de armas con palabras muy sentidas.

Por Prudencio Martínez Zuviría

[1] Pastor Obligado se había dado vuelta como varios rosistas, entre ellos el célebre Lorenzo Torres o Rufino de Elizalde, que al haberse pasado al bando vencedor debían demostrar su odio a los hombres que sirvieron a Rosas, a fin de aventar las sospechas que podrían existir sobre su conducta y probar su lealtad al nuevo régimen.

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Prensa JR
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